La ratonera

De ratones y hombres, de John Steinbeck
Teatro Español, 26 de mayo 2012

critica de la obra de teatro de ratones y hombres

Fernando Cayo y Roberto Álamo. Foto: David Ruano

De Ratones y Hombres, de John Steinbeck, que durante mes y medio se ha presentado en el Teatro Español de Madrid con dirección de Miguel del Arco y producción de Concha Busto y ahora prosigue su gira nacional, es de esas obras que hay que ver; incluso más de una vez. Y no por ser el retrato de la gran depresión americana del 29 ni de nuestra actual crisis económica sino porque nos coloca en la encrucijada donde se decide eso misterioso que hace que la vida humana lo sea verdaderamente.

El protagonista de la historia es George, un ‘olvidado’ más que vaga por el campo californiano, de trabajo miserable en trabajo miserable, acompañado por Lennie, un problemático grandullón con mente de niño, al que le ata una ambivalente relación protectora. George es un hombre sencillo en el que late un fuerte deseo: la esperanza de otra vida posible.

De entre todas las víctimas del sistema deshumanizador en que transcurre la obra, probablemente sea el único que se niega a interiorizar las reglas perversas a las que es sometido. Steinbeck escribe la crónica de tres días esenciales de la vida de George que transcurren en una granja a la que acaba de llegar; nos hace testigos de un recorrido que desemboca en inevitable elección: seguir luchando por vivir como un hombre o conformarse con sobrevivir como un animal.

Tuve la suerte de ver esta obra el año pasado en un montaje del Seattle Repertory Theatre, compañía que equivaldría en la costa oeste al afamado Steppenwolf de Chicago. Allí pusieron una obra simbólica y didáctica, plenamente americana; representada con esa cierta solemnidad que corresponde a un texto que todo estadounidense lee y analiza minuciosamente en el instituto.

Desde el inicio de éste montaje de Miguel del Arco nos sentimos relajados porque el director se libera, y nos libera, de la carga que supondría poner en pie la gran obra americana sobre el sueño americano, y se centra en contarnos la historia desde el interior, destilando su esencia más universal.

En sintonía con esta elección, los exteriores ocres y rojizos de aquel montaje americano son sustituidos aquí por un paisaje azuloscurocasinegro. Los protagonistas ya no son aquellos ratones con el nido destrozado del verso que da título a la novela de Steinbeck sino otros parecidos, atrapados en una vida-trampa de difícil escapatoria.

Dentro de ese mundo terrible donde reinan la violencia y la evasión, cada uno hace lo que puede: desde los que imitan a quienes les someten, sometiendo a otros más débiles, hasta los que intentan cuidarse los unos a los otros; esta humanidad básica es la que le brota abundantemente a George. En el final complejo y duro de la obra prefiero, como espectador, ver unas notas de optimismo: en una situación límite, George elige lo que es mejor para Lennie y para él. Conseguirá, tal vez, la ansiada huida de la ratonera.

Como es habitual, la mayor virtud de Miguel del Arco reside en la elección y dirección de actores: Fernando Cayo nos ofrece con este George su mejor interpretación desde el memorable montaje de El Curioso Impertinente que llevó a cabo Natalia Menéndez en 2007. Carga generosamente con el peso de la obra y acierta en cada matiz a la hora de mostrarnos todo el proceso interior que requiere la evolución dramática de su personaje.

La escucha sentiente, profunda, que Cayo nos regala durante toda la escena del perro de Candy -tan importante para su decisión posterior- convierte este pasaje en el más brillante de la función. Por no hablar de la empatía tan auténtica que, de principio a fin de la historia, le une al personaje de Lennie, encarnado con similar acierto por Roberto Álamo.

Como hacía con Urtain, Álamo se mete de nuevo en la piel de un ser especial y, sin importarle que su personaje sea más catalizador que verdaderamente protagonista, nos lo presenta con gran verdad, enamorando al público y enriqueciendo así el sentido de la obra. Me convence la apuesta de director y actor por un Lennie más aniñado que de costumbre, superando así, de paso, el peligro de que el evidente sex appeal de Álamo dotara de algunas connotaciones inesperadas sus escenas con la esposa de Curley.

El resto de actores, todos protagonistas, se conjunta a la perfección para dar vida a los demás personajes: el maternal Candy a cargo de un emocionante Antonio Canal, el seco patrón del veterano Rafael Martín, el despreciable y ridículo Curley de Diego Toucedo (en las antípodas de su reciente Celio de El Perro del Hortelano) el tranquilo Slim de Josean Bengoexea, el degradado Crooks de Emilio Buale, el duro Carlson de Eduardo Velasco, el solitario Whit de Alberto Iglesias.

Irene Escolar también retrata con solvencia a la insatisfecha mujer de Curley, sin duda el personaje más alejado del original americano. La nietísima (como algunos la llamamos cariñosamente, en homenaje a su excepcional abuelísima) recupera aquí el vuelo de Oleanna después de andar algo perdida, como el resto del reparto, en Agosto, la exitosa megaproducción de Gerardo Vera.

Pese a su riqueza de sentido, De Ratones y Hombres no es del todo redondo como texto teatral. Steinbeck escribió la novela como un intento de explorar sus capacidades para la escritura dramática, pero aquello no dejaba de ser un relato dialogado. Se suele decir que el propio Steinbeck adaptó su historia al teatro y es cierto que lo intentó pero, finalmente, tuvo que intervenir George Kaufman, reconocido factótum de Broadway, que aportó la carpinteria teatral suficiente para llegar a la noche del estreno en condiciones.

Esta versión española de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco, muy respetuosa con la original de Broadway, consigue, sin embargo, ajustar algunas tuercas mediante pequeñas aportaciones que resuelven problemas en lugar de crear otros nuevos, como a veces ocurre con algunas adaptaciones. En particular, me gustan mucho los reconfortantes golpes de humor que, además, le hubieran encantado a Kaufman, que fue guionista -el predilecto- de Groucho Marx.

La tan dinámica (e incluso coreográfica) escenografía, con ese toque industrial que me recuerda a la ambientación de Sweeney Todd; el uso de las proyecciones para expresar atmósferas y acentuar la rapidez cronológica del encuentro con la fatalidad (no así para ilustrar los sueños de los protagonistas); el vestuario realista y la ambientación sonora y musical, especialmente en la mencionada escena del perro de Candy, me parecen recursos empleados muy acertadamente. La obra es, en general, sencilla respecto a su puesta en escena, y es de agradecer que del Arco la haya mantenido así, sin caer en innecesarias complicaciones de corte más snob.

Me he guardado para la última frase un elogio al trabajo de Juanjo Llorens que, tranquilamente, se está convirtiendo en el mejor iluminador de nuestra escena.

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5 pensamientos en “La ratonera

  1. Bienvenido al mundo blogosférico. Será un placer leer tus críticas (o llámalo X) de teatro.
    “De Ratones y Hombres” sin duda una memorable obra, con un director in crescendo en el panorama teatral madrileño y un sobresaliente Fernando Cayo al frente.

    Inevitable no recordar a Urtain al ver a Roberto Álamo, quizás demasiado.
    En mi opinión Irene Escolar no pinta nada en esta obra. Tiene técnica, sí, pero le falta carisma y presencia en el escenario (también le falta un poco de carne); parece frágil y endeble y naïf, por eso no la veo en el papel de femme fatale.

    Muy acertado tu comentario sobre “Agosto”, obra prescindible donde las haya. Tenía a Gerardo Vera sentado detrás de mí y me dieron ganas de darle una patada en la espinilla al terminar, lástima que se esfumo rápidamente.

    Yo mañana iré a ver por segunda vez “El Inspector”: me encantó, Ángel Ruiz es buenísimo, y una vez que consigues entender a Gonzalo de Castro, entonces te relajas y te partes de risa. El jueves toca “La Loba”.

    Saludos,
    Twittiritera

    • jajaja, totalmente de acuerdo con vuestras apreciaciones sobre Miguel del Arco y Gerardo Vera. ¿El jueves la loba? Uuuuuuuuuuuhhhhhhh

  2. Enhorabuena por esta iniciativa!!! Me suscribo ya mismo a tus actualizaciones.
    Ahora entiendo un poco más por qué me costaba seguirte el ritmo teatral.
    A mí también me fascinó especialmente la escena del perro, y la presencia, miradas y “escucha” de Fernando Cayo, magnífico mostrándonos parte de lo que intentaba enseñarnos Lidia.

  3. Muy acertados tus comentarios, una obra cargada de simbolismo, recomendable para todo el mundo,sobre todo para los que vivimos estos dias. Dias cargados de egoismos para que volvamos la vista hacia el mas devil le tendamos la mano y le ayudemos a caminar como lo que es un HOMBRE.

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