Nada más que la verdad

Enrique VIII, de William Shakespeare
Teatros del Canal-Sala Verde, 19 de septiembre 2012

critica de la obra de teatro enrique viii de william shakespeare

Enrique VIII. Foto: Fundación Siglo de Oro

El estreno de una obra de Shakespeare inédita sobre los escenarios españoles constituye una cita obligada para todo amante del teatro. Afortunadamente, el montaje del Enrique VIII que nos ofrece  Rakatá/Fundación Siglo de Oro en la Sala Verde de los Teatros del Canal convierte esa obligación en todo un placer.

No estamos ante una de las creaciones shakespearianas más redondas: los vaivenes amorosos del rey, y sus consecuencias históricas y religiosas, se nos presentan con cierto apresuramiento, a través de episodios repetidos de la caída en gracia -y después en desgracia- de algunos personajes del entourage real. A la estructura de serial televisivo avant la lettre se añade el poco cuidado del autor inglés en ocultar las costuras de su narración: los personajes entran en el momento oportuno y dicen el parlamento adecuado para que la historia llegue a su final.

Esta primera versión escénica española, adaptada por José Padilla y dirigida por Ernesto Arias, acierta al no esconder estos puntos débiles del original permitiendonos degustar un Shakespeare aunque menor, prácticamente desconocido; y acierta todavía más en recalcar y amplificar el mayor valor del texto: esa distancia irónica del narrador sobre lo que nos está contando. 

Desde  los  deditos jugetones del organista al comienzo de la representación hasta la explícita letra de la acertada canción final, se nos invita como espectadores a contemplar los hechos con distanciamiento. No es casual que la obra se estrenara en la época con el atrevido título, hoy abandonado, de Todo es Verdad; pero verdad entendida como reconstrucción del pasado cercano para justificar la realidad presente: puesto que Isabel, hija de Ana Bolena y Enrique, es ahora la reina, la Historia se cuenta de esta manera; si otro fuera el rey, otra sería la Historia.

Los hados que determinan la vida de los personajes en las tragedias de Shakespeare son aquí claramente un disfraz de los mecanismos sutiles de la manipulación del poderoso. El rey Enrique concede el protagonismo a unos u otros colaboradores segun conviene a sus propios deseos y, cuando ya no le sirven, se deshace de ellos. El destino de los débiles, nos viene a decir Shakespeare, lo escribe el capricho del poderoso. Y en eso, poco hemos cambiado en todos estos siglos.

Un gran hallazgo de la versión es ese momento Eva al desnudo en que Catalina de Aragón descubre en sus aposentos a Ana Bolena probándose a ocultas los tocados de la reina. Suple con austeridad a la pomposa escena de la coronación del texto original mientras nos recuerda, inmisericorde, el juego cruel de la vida. Igualmente acertada resulta la yuxtaposición cheekbyjowliana de la última escena que entremezcla a la Catalina que se apaga con la Ana Bolena que -en quince minutos de gloria- bautiza a su hija Isabel.

Arias sabe sacar mucho de un elenco desigual. Sobresale Elena González, que se lleva la función con esa dignidad inquebrantable de Catalina a la que sabe dar vida en cada momento de su prolongado sufrimiento. No le viene mal el físico a Fernando Gil para cumplir con su papel de Enrique VIII, aunque personalmente me gusta mas el excelente registro cómico y musical que el actor demostró en Spamalot.

Director y compañía hacen bien en reproducir al máximo las condiciones festivas del Globe Theatre londinense en las representaciones españolas: minimalismo escenográfico, iluminación continua, implicación del público, acompañamiento musical en vivo  e incluso ese pequeño exceso en gestos, movimientos y volumen propios del teatro al aire libre del verano. A fin de cuentas, no siempre una humilde compañía privada recibe el encargo de representar a España en un festival internacional de la importancia del Globe to Globe y lleva a cabo la empresa con tanto éxito pese a las dificultades económicas y el desprecio institucional. Conviene grabar este hito en bronce, a pesar de que el teatro, por definición, siempre se escriba en el agua.

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