Vídeo Crimp

Nadie verá este vídeo, de Martin Crimp
Teatro Valle Inclán, 23 de septiembre 2012

critica de la obra de teatro nadie vera este video de martin crimp

Gabriela Flores y Francesc Garrido. Foto: David Ruano

Mientras los teatreros más inquietos seguimos descifrando el significado de aquellas intensas miradas de Núria Espert en el clímax de La Loba, carta de despedida de Gerardo Vera al frente del CDN, ya se ha inaugurado la nueva temporada del Teatro Nacional, con Ernesto Caballero a los mandos de una ilusionante apuesta por los autores contemporáneos españoles y los autores vivos, en general.

Muy vivo está el británico Martin Crimp (Dartford, 1956) cuya obra Nadie verá este vídeo (1990) se convierte, por cuestión de fechas, en carta de presentación -o al menos tarjeta de visita- del nuevo proyecto. Aunque, si la primera tarea del programador consiste en elegir las obras, resulta curioso que en el mismo cuaderno pedagógico editado para la ocasión por el CDN se mencionen Attempts on her life (1997) y The Country (2000) como los dos textos esenciales de Crimp pero se haya escogido éste otro, colofón de su etapa primeriza.

Sea com sea, al sentarse en el Valle Inclán, lo primero que llama la atención de este montaje, dirigido por la valenciana Carme Portaceli, es su apabullante escenografía: un enorme paso de cebra cruza el escenario, una fila de cabinas de teléfono lo bordea y una inmensa farola ilumina la escena, que domina una pantalla gigante -de vídeo, claro. En el imaginario colectivo español, cualquier cabina se asocia automáticamente con aquélla setentera de López Vázquez, Mercero y un Garci pre-Garci, que tan bien reflejaba el terror humano a la comunicación. La obra de Crimp trata igualmente sobre incomunicaciones, sobre personajes-mercancía que preguntan y responden mucho pero se preguntan y se responden poco.

El autor nos introduce en la historia de Elisabeth, una madre abandonada por su marido con una hija adolescente a cargo que, tras ser encuestada en la calle sobre pizzas congeladas y resultar seleccionada para una entrevista personal más amplia sobre hábitos de consumo, se plantea ponerse a trabajar para la empresa encuestadora que dirige su misterioso interrogador, un hombre atraído -al parecer- por las jovencitas.

Si quitamos esos momentos iniciales de la entrevista en la calle, el resto de la obra transcurre en una serie de interiores cada vez más oscuros: la sala de entrevistas, el pub, la habitación de motel, el salón de casa… ambientes bien logrados mediante el uso de pocos elementos: unas sillas, un sofá, una cama y una pequeña cámara de vídeo. Más que para las escenas, por tanto, los grandes elementos escenográficos del montaje se emplean durante las transiciones, en las que se combinan iluminación, audiovisuales, banda sonora y esfuerzo casi coreográfico del elenco.

Aun comprendiendo la intención metafórica de la directora y sabiendo que el montaje viene de ser representado en otro escenario grande como es el del Mercat de les Flors barcelonés, uno se pregunta a mitad del primer acto por qué esta obra no se ha puesto en la sala Francisco Nieva y, al final del tercero, por qué no en la de La Princesa.

Qué estupendo es, por cierto, el tercer acto del texto de Crimp. Aquella entrevista inicial, que parecía la primera de una serie de casualidades entrelazadas para cambiar la existencia de unos desconocidos, se revela ahora como simple punto de inserción a partir del cual nos hemos convertido en incómodos observadores de unos personajes cuyas vidas van a variar más bien poco. Este frustrante desinterés del autor por el desenlace dramático resulta plenamente satisfactorio para el espectador porque nos permite conectar con las líneas profundas de la obra, oler la tierra quemada que rodea a Elisabeth y a todos los demás.

Respecto a las interpretaciones, quizá se echa a faltar un tempo más vivo en los constantes intercambios pregunta-respuesta y algo más de generosidad en la comedia, aunque sea negra. Es en la parte final cuando Gabriela Flores se apodera también de su protagonista, dejando una excelente impresión que hace olvidar ciertas vacilaciones iniciales. Entre el resto del reparto, destaca la labor de Albert Pèrez, cuya actitud, voz y gesto tan kenloachianos brillan naturalmente en los tres breves papeles de los que se encarga.

La sensación final es la de un montaje que llega a su destino pero, en lugar de ir directamente por una carretera secundaria, lo hace transitando innecesarias autovías y rotondas. A pesar de todo, Nadie verá este vídeo invita a seguir con interés las próximas propuestas de este renovado CDN de Caballero.

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