El Caso Paravidino

Naturaleza muerta en una cuneta, de Fausto Paravidino
Teatro Valle Inclán-Sala Francisco Nieva, 19 de octubre 2012

critica de la obra de teatro naturaleza muerta en una cuneta

Naturaleza muerta en una cuneta. Foto: David Ruano

Llamemos Caso Paravidino al enigma de este montaje de Naturaleza muerta en una cuneta, obra premiada en Italia de autor reconocido en Europa que no acaba de funcionar en su traslación española, y analicemos las pruebas a nuestra disposición:

Año 2001. El joven autor genovés Fausto Paravidino (25 años) recibe el encargo de una pequeña compañía teatral para que les escriba un texto. Nace así Natura morta in un fosso, título redondo para una obra que narra la investigación policial en torno a la muerte de una adolescente-blanca-occidental hallada en la cuneta de una carretera italiana de provincias. Lo hace mediante la sucesión de monólogos entremezclados de seis personajes: el chaval que encuentra el cadaver, el inspector, la madre y el noviete de la víctima, un camello y una prostituta yugoslava; todos ellos son interpretados sobre el escenario vacío por un solo actor. 

Dos años después. El propio autor dirige en el Teatro Stabile de Bolzano una renovada puesta en escena de su obra en la que dos actrices y cuatro actores se reparten las seis voces narrativas y dicen cada uno sus monólogos a ritmo de teatro documental y tono de radionovela italiana. En ambos formatos, Natura morta… sigue llenando teatros en su país hasta la actualidad a la vez que se ha ido representando con éxito por toda Europa (una versión en catalán se estrenó en Barcelona en 2006).

En nuestros días. Atraído por el retrato vital y social de la obra de Paravidino, el actor Adolfo Fernández elabora una nueva versión fuertemente adaptada por el propio director en colaboración con Ángel Solo. Muchos monólogos originales han sido sustituidos por escenas en las que vemos representado lo que antes se nos contaba. Para ello, los seis interpretes españoles incorporan a una serie de secundarios que permiten llevar a cabo los nuevos diálogos y acciones. Se mantiene, sin embargo, la huella del estilo original; la acción se interrumpe repetidamente para que los protagonistas se dirijan al público y cuenten lo que les ha ocurrido o reflexionen en voz alta sobre ello.

El trabajo actoral es un valor destacado de esta producción: el esfuerzo de Susana Abaitua fructifica en esa endurecida prostituta del Este (logrado acento serbobosnio incluido) que canta las verdades del barquero sobre el civilizado mundo occidental; Sonia Almarcha hace caminar a la madre por la difícil senda de la reflexión emotiva (su papel es el que se ha mantenido más monologado) sin tomar atajos sensibleros; Raúl Prieto clava, como era de esperar, al noviete chulo de la víctima pero también al forense, en un registro menos habitual en el actor salmantino. Ismael Martínez da con el adecuado tono tragicómico para su camello lumpenita. El progreso de David Castillo, desde el Münchhausen visto en esta misma Sala Francisco Nieva el año pasado, es evidente. Curiosamente es Fernández quien, pese a guiar con seguridad al resto del elenco, se muestra más irregular; su inspector Solti lo mismo aparece titubeante y apagado que se marca una de las mejores escenas de la obra: el duro interrogatorio al personaje de Raúl Prieto.

Otra gran virtud del montaje consiste en el uso de unos audiovisuales de excelente factura que, combinados con la elaborada escenografía modular (ingeniosa la conversión de la mesa de autopsias en mesa de cena familiar) y el sugestivo montaje musical, nos ayudan a evocar sensaciones y referencias fundamentales de la historia. 

Pero volvamos a la investigación del Caso Paravidino; a pesar de los aciertos de este montaje de K Producciones y el Teatro Arriaga en colaboración con el CDN, hay algo que falla. En el proceso de escenificar los monólogos ha ocurrido como en esas películas que adapatan algún éxito teatral filmando en exteriores lo que se decía en los diálogos, que se ha perdido intensidad dramática. 

La obra se queda a mitad de camino entre la estilización original y el thriller comercial con aderezos costumbristas y el público se divide en dos: los que optan por la reflexión digamos trascendente acaban echando en falta una mayor profundidad y los que eligen seguir la trama policiaca desconectan en los monólogos porque se incumple la máxima del Show, Don’t Tell
 
El whodunit ideado en 2001, sin su particular forma de expresarse a traves del juego continuo de puntos de vista, no puede atrapar al espectador: ha pasado una decada de mucho capítulo de procedural americano en la tele y de mucha novela escandinava en el bolsillo. Los pasajes de mayor atractivo siguen siendo los que privilegian una mirada personal sobre la historia: las reflexiones de la madre y el monólogo-denuncia de la prostituta. Queda la duda de si no hubiese sido más acertado estrenar la obra tal y como la concibió su autor.

De re publica

Anomia, de Eugenio Amaya
Teatro María Guerrero-Sala de la Princesa, 13 de octubre 2012

critica de la obra de teatro anomia de eugenio amaya

Anomia. Foto: mai saki

Eugenio Amaya escribe y dirige esta obra que afronta un tema bien actual: la corrupción estructural de la partitocracia española. En lugar de concederse la distancia creativa necesaria para lograr un toque más reflexivo, el autor ha optado por elaborar un fresco casi periodístico pegado a la situación inmediata. Su crónica de la lucha fratricida que se desata entre compañeros de partido por un puesto destacado en las próximas listas municipales comienza en la línea buenista de Gore Vidal en The Best Man (1960), clásico algo superado de este género político-electoral pero, afortunadamente, va decantándose progresivamente por un tono más oscuro emparentado con la excelente serie de Canal Plus Crematorio.

El texto va de menos a más. Comienza siendo demasiado ilustrativo, con unos personajes (la veterana concejala de urbanismo, el jóven concejal de cultura y el secretario de asuntos internos del partido) que, más que hablarse entre ellos como se hablarían unos políticos degradados en la cruda intimidad de ese sótano de ayuntamiento donde transcurre la acción, se dirigen a nosotros aportándonos pulcros datos sobre el tema tratado. Luego los tres personajes adquieren mayor textura y sus diálogos suenan menos subrayados; y aparecen el alcalde y el emotivo marido de la concejala, mejor escritos ya desde el comienzo.

En un montaje muy neutro respecto a la decoración, la iluminación y el vestuario, resultan muy solventes los intérpretes de la compañía extremeña Arán Dramática; destaca la labor de Elías González para manifestar la evolución de su personaje y la refrescante naturalidad de ese alcalde a cargo de Quino Díez. Una lástima la excesiva composición por parte de María Luisa Borruel para dibujar el tono populachero de la protagonista.

La trama, aunque bien desarrollada y concluida -especialmente acertada la silenciosa resolución de la ultima escena- resulta a menudo esperable y, junto a momentos y frases ocurrentes, tira demasiado de lugares comunes. Cierto es que, en materia de corrupción política, todo nos suena a sabido y ya es difícil sorprendernos pero se podrían evitar tópicos narrativos como el del chantaje con fotos subidas de tono, recurso tan usado que ya suena a telefilm de siesta en Antena 3.

El problema de la ficción política en España no radica solamente en quedar superada por la realidad en lo argumental sino también en lo icónico. ¿Cómo igualar la potencia berlanguiana de esas confidencias vaticanas de encaje negro entre María Dolores y Soraya, quién sabe si despachando asuntos de partido a la sombra de La Pietá? A los asépticos protagonistas de Anomia les falta esa cutrez de platito de jamón rancio definitoria de nuestra clase política. Les falta españolizarlos, que diría el ministro Wert.

Ayudaría quizás a ello una menor abstracción de la historia (una ciudad cualquiera, una autonomía cualquiera, un partido cualquiera…) y la reducción del tiempo empleado en desplegar ante nosotros todo el abanico de corrupciones posibles en favor de un desarrollo mayor de las tramas personales y familiares. En todo caso, Anomia es un intento de teatro político contemporáneo cuyo estreno hay que aplaudir. Siempre es saludable que en el sótano de un teatro público -la sala de La Princesa del María Guerrero- se escuche esta historia de corrompidos sótanos políticos, pese a que la obra no llegue a cuajar del todo.

Los conserjes de San Felipe, de José Luis Alonso de Santos
Teatro Español, 14 de octubre 2012

critica de la obra de teatro los conserjes de san felipe de jose luis alonso de santos

Los conserjes de San Felipe. Foto: David Ruano

José Luis Alonso de Santos refleja con simpatía en su nueva comedia cómo vive el pueblo llano los acontecimientos históricos. En este caso, la promulgación en Cádiz, hace doscientos años, de la primera constitución española. La variada trama, seria a ratos pero generalmente festiva, pensada por el veterano autor -que tiene el detalle de reservarse la pedagogía patriótica para la última escena-  ha servido como base de pruebas para la primera entrega del programa La vía del actor del Laboratorio Rivas Cherif, iniciativa del CDN por la cual un director, Hernán Gené, se ha puesto al servicio de doce intérpretes para, durante tres meses, llevar a cabo un ensayo creativo de la obra abierto a la libre aportación de recursos por parte de cada participante.

Pese a la tarea se supone que moderadora y unificadora de Gené, el montaje presentado en el Teatro Español no oculta el tono algo disperso de muestra final de taller con su amalgama de elementos expresivos; unos más acertados (la coreografía de las balas, el uso de títeres de pequeño y gran formato para representar a las figuras de poder) y otros, no tanto. Junto a las vicisitudes de una serie de personajes humildes de aquella Cádiz constitucional, transmite el montaje una crítica amable a la ineptitud de nuestros diputados de entonces -y de ahora, se ve, dados los aplausos con que el patio de butacas celebraba cada nueva chanza al respecto.

La mayor virtud del espectáculo es la facilidad con la que deja traslucir la experiencia tan placentera (y esforzada) que ha supuesto para este grupo de doce jóvenes su participación en él. Sin destacar nombres concretos, puesto que ellos mismos optan por la presentación colectiva en el programa de mano, hay intervenciones muy interesantes en el conjunto. Y una alegría que se va contagiando a los espectadores, provocada por unos actores que disfrutan de verdad sobre el escenario.