El piano

El frío mes de enero es buen momento para una visita teatral a Broadway. Las marquesinas comienzan a vaciarse de fiascos (el nuevo musical sobre Chaplin, La anarquista de Mamet y Dead Accounts con Katie Holmes, entre ellos) y, junto a los éxitos intemporales, van quedando las propuestas más interesantes de la temporada. Recién aterrizado, me estudio el Playbill y detecto gran cantidad de autores americanos en cartel: clásicos y contemporáneos, reconocidos y emergentes, hombres y mujeres, de musical y de texto. Por ahí me dejaré llevar.

The piano lesson, de August Wilson
Signature Theater, 9 de enero 2013

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

El Signature es un Teatro centrado en los dramaturgos que descubrí hace un par de años gracias al montaje de la monumental Angels in America de Tony Kushner (maratón de siete horas y una de las mejores experiencias teatrales de mi vida). Esta vez, acudo a escuchar una voz desconocida, la de August Wilson, autor fallecido prematuramente en 2005 que trazó el legado vital de los negros americanos a lo largo del siglo XX en su Pittsburgh Cycle: diez obras independientes, cada una ambientada en una década distinta. The Piano Lesson (premio Pulitzer en 1990) es la correspondiente a los años 30. En un primer acto largo y algo didáctico se nos plantea el conflicto: la calmada Berniece y su impulsivo hermano Boy Willie no se ponen de acuerdo sobre qué hacer con el artístico piano de su fallecida madre; mantenerlo porque esta vinculado al pasado familiar o venderlo para comprar unos terrenos. A partir de ahí, la obra se transforma a través de ricos elementos simbólicos, antropológicos y espirituales que van rompiendo la historia hasta llevarnos a la poderosa catarsis final a base de blues y fantasmas. El problema de esta herencia no es tanto el dinero sino las ideas de cada heredero sobre lo que es la vida y la dificultad para aceptar las del otro. Como afroamericano, Wilson no necesita pedir permiso para hablarnos de lo que los sucesores de esclavos quieren o pueden hacer con su memoria. Su visión no es neutral: la fuerza cultural de los ancestros tiene un vida propia que acaba imponiéndose a los que intentan negarla. Tampoco es ingenuo: la identidad propia y colectiva es herencia liberadora pero también pesada carga. El montaje recoge bien el envite de un texto algo irregular que, con intensos dialogos para ocho personajes, requiere grandes interpretaciones. Destaca especialmente la Berniece de Roslyn Ruff mientras que a Jason Dirden le sobra algo de composición en su extrovertido Boy Willie. Los decorados son, quizá, demasiado detallados y la iluminación excesivamente realista; casi más propios de Broadway que de su Off.

El Signature es un Teatro sin animo de lucro que, desde su fundación en 1991, pone el acento en los autores. Ofrece becas de uno o cinco años a dramaturgos tanto emergentes como’en mitad de su carrera’ que incluyen estrenos garantizados de sus obras. Además dedica mucho espacio en la programación de cada temporada a un autor vivo que participa activamente en los montajes (Miller, Albee, Shepard, Kushner, etc.) Por si fuera poco, gracias a donativos de mecenas particulares acaba de inaugurar, en plena recession, nueva sede con diseño de Frank Ghery y ha establecido un precio fijo de 25 dólares por entrada para los próximos 20 años. Nueva York juega, definitivamente, en otra liga.

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