El zoo de satén

La gata sobre el tejado de zinc, de Tennessee Williams
Richard Rodgers Theatre, 12 de enero 2013

Afilando las uñas... Foto: Joan Marcus

Afilando las uñas… Foto: Joan Marcus

Cuando Maggie y Brick entran en el célebre dormitorio freudiano de Cat on a Hot Tin Roof, todos los ojos del abarrotado patio de butacas se posan en Scarlett Johansson; pero ella está tan metida en su papel desde el minuto cero que incluso evita el tradicional aplauso de bienvenida a las celebrities, algo nada habitual en Broadway. Minutos después, llega la prueba de fuego: la Johansson en negligé de satén supone una seria amenaza para la atención de cualquier espectador pero, de nuevo, no se oye un murmullo. Hay sensualidad, sí, pero es la propia del personaje. La velada teatral promete. Esta Maggie que proponen actriz y director es más maquinadora en lo económico que insatisfecha en lo sexual; poco a poco va desgranado sus quejas y desvelando secretos conyugales mientras su marido se emborracha en silencio. Johansson se apodera de este monólogo casi ininterrumpido que supone para ella el primer acto a base de una voz robusta, expresiva y rota de Southern Belle: piel de Marilyn, alma de Bette Davis.

En el segundo acto entra en escena Big Daddy, a cargo de un impecable Ciarán Hinds. El padre simpático y narcisista pero brutal y fracasado sí que logra con su monologada batalla una abrupta reacción por parte del hijo, papel que -por problemas de agenda o temor a las tablas- rechazó interpretar Chris Pine; lo asume un correcto Benjamin Bradley al que le falta atractivo animal para encarnar plenamente al deseado Brick. Cumple también el resto del elenco, aunque sobra algo de gestualidad sureña marcada por el director a todas las actrices. Rob Ashford fue prestigioso coreógrafo aquí antes que afamado director en Londres y, en su gran debut sin orquesta en Broadway, mueve con elegancia y violencia a sus parejas de baile en torno a la omnipresente cama. Su escenografía resulta algo desangelada, pero se lo perdonamos por la belleza simbólica de esos niños que, disparando sus pistolas de jugete, marcan el final de cada acto. Respeta sobre todo Ashford la coreografía transparente de un texto perfecto que disecciona sexualidades, familia y sociedad ante nuestros ojos. Salimos del catártico clímax exhaustos pero felices de haber participado en esta inolvidable tarde de sábado con Tennessee Williams. A una semana del estreno oficial, el público ya da su veredicto: ovación final.

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