Una cucharada de buen teatro

Water by the Spoonful, de Quiara Alegría Hudes
Second Stage Theatre, 13 de enero 2013

Guerras de familia. Foto: Richard Termine.

Guerras de familia. Foto: Richard Termine.

Mujer, de origen portorriqueño y joven dramaturga; el premio Pulitzer otorgado en 2012 a Quiara Alegría Hudes pasaría por ejemplo paradigmático de discriminación positiva de no ser porque su obra Agua a cucharadas es tan buena que gira y gira por sí misma sin necesidad de impulsos externos. Se trata de la segunda parte de una trilogía en torno a Elliot Ortiz, joven militar que regresa de Irak con una pierna estropeada y busca reintegrarse a la vida de cada día mientras supera otros daños menos visibles. No es esta nueva entrega un drama de héroes que regresan al hogar sino un fresco de familia en el que cada uno tiene, al igual que Elliot, un difícil historial que resolver. Se trata, en realidad, de dos familias: la una, carnal, que organiza un inesperado entierro y la otra, cibernética, que reune a varios miembos de un chat para superar la adicción al crack. Hudes escribe siempre desde la distancia corta: situaciones y personajes son dramatizaciones (libres, claro está) de acontecimientos familiares suyos. La prima Yazmin, profesora de música y compositora de jazz disonante que ofrece su continuo apoyo al protagonista, es un claro alter ego de la autora. Y escribe además sin restringir las emociones más potentes de una historia tan cercana, lo cual agradece el espectador. Pese a lo grave de algunos asuntos, surge siempre un humor real y vitalista. Hay una constante superposicion de situaciones, planos y texturas de gran riqueza. Sin pretenciosidad alguna, Water by the Spoonful logra la mejor recreación que he visto sobre un escenario de los mundos y relaciones a través de internet.

No se sostendría esta fresca propuesta sin una interpretación coral de tanta naturalidad que en todo momento vemos a personas y no a personajes. Están todos magníficos. La dirección de Davis McCallum y la producción del Second Stage Theatre suman esfuerzos en el mismo sentido. Pequeños peros: en una obra con una partitura tan original, el oído rechaza los pocos y cortos pasajes que de pronto suenan a tópico; y hay una cierta simplicidad en la conclusión que seguramente sea modestia pero deja con ganas de algo más. Tiene el don Quiara Alegría Hudes de iluminar conexiones profundas en breves destellos. Habrá que seguirle la pista.

El zoo de satén

La gata sobre el tejado de zinc, de Tennessee Williams
Richard Rodgers Theatre, 12 de enero 2013

Afilando las uñas... Foto: Joan Marcus

Afilando las uñas… Foto: Joan Marcus

Cuando Maggie y Brick entran en el célebre dormitorio freudiano de Cat on a Hot Tin Roof, todos los ojos del abarrotado patio de butacas se posan en Scarlett Johansson; pero ella está tan metida en su papel desde el minuto cero que incluso evita el tradicional aplauso de bienvenida a las celebrities, algo nada habitual en Broadway. Minutos después, llega la prueba de fuego: la Johansson en negligé de satén supone una seria amenaza para la atención de cualquier espectador pero, de nuevo, no se oye un murmullo. Hay sensualidad, sí, pero es la propia del personaje. La velada teatral promete. Esta Maggie que proponen actriz y director es más maquinadora en lo económico que insatisfecha en lo sexual; poco a poco va desgranado sus quejas y desvelando secretos conyugales mientras su marido se emborracha en silencio. Johansson se apodera de este monólogo casi ininterrumpido que supone para ella el primer acto a base de una voz robusta, expresiva y rota de Southern Belle: piel de Marilyn, alma de Bette Davis.

En el segundo acto entra en escena Big Daddy, a cargo de un impecable Ciarán Hinds. El padre simpático y narcisista pero brutal y fracasado sí que logra con su monologada batalla una abrupta reacción por parte del hijo, papel que -por problemas de agenda o temor a las tablas- rechazó interpretar Chris Pine; lo asume un correcto Benjamin Bradley al que le falta atractivo animal para encarnar plenamente al deseado Brick. Cumple también el resto del elenco, aunque sobra algo de gestualidad sureña marcada por el director a todas las actrices. Rob Ashford fue prestigioso coreógrafo aquí antes que afamado director en Londres y, en su gran debut sin orquesta en Broadway, mueve con elegancia y violencia a sus parejas de baile en torno a la omnipresente cama. Su escenografía resulta algo desangelada, pero se lo perdonamos por la belleza simbólica de esos niños que, disparando sus pistolas de jugete, marcan el final de cada acto. Respeta sobre todo Ashford la coreografía transparente de un texto perfecto que disecciona sexualidades, familia y sociedad ante nuestros ojos. Salimos del catártico clímax exhaustos pero felices de haber participado en esta inolvidable tarde de sábado con Tennessee Williams. A una semana del estreno oficial, el público ya da su veredicto: ovación final.

Érase

Once, a new musical, de Enda Walsh, Glen Hansard y Markéta Irglová
Bernard B. Jacobs Theatre, 11 de enero 2013

Chica al piano, chico a la guitarra. Foto: Joan Marcus.

Chica al piano, chico a la guitarra. Foto: Joan Marcus.

Cuando entras al teatro, una banda de folk rock está de jam session sobre el escenario tranformado en pub irlandés; en su barra semicircular venden cerveza a los espectadores que se atreven a subir las escaleritas. El tempo de las improvisaciones se hace cada vez más lento; el público va regresando a sus butacas y un chico coge la guitarra y canta una balada que es ya el primer número de Once, el aclamado Musical indie de Broadway basado en una pequeña película irlandesa del mismo título. En este cuento de hadas postmoderno, el príncipe infeliz es Chico, un músico callejero irlandés, treintañero y en crisis existencial; el hada madrina es Chica, una joven y apasionada pianista checa sin piano ni sentido del humor; y la lámpara mágica es una vieja aspiradora rota. Tanto su autor, Enda Walsh, como su director, John Tiffany, han acertado en la dosis de autenticidad y teatralidad que da a Once un aire generacional: es como el Rent de Larson pero actualizado para el ipod nano. Los actores tocan en directo sus instrumentos: piano, guitarra, banjo, acordeón, y lo que se tercie; pese a estar en un teatro de mil butacas la sensación es la de un concierto acústico en una pequeña sala. La historia arranca con una inmediatez inesperada y consigue concluir evitando los lugares comunes de las historias de amor. Los cambios de decorado se resuelven con tres sillas, unos focos y la imaginación del espectador. No poca culpa del éxito la tienen sus dos protagonistas: la muy divertida Cristin Milioti y el francamente atractivo Steve Kazee.

Cierto es que hacia la mitad del segundo acto las canciones empiezan a sonar algo repetitivas y que los personajes secundarios (padres comprensivos, madres seductoras, compañeros de piso adictos a las telenovelas, vendedores de pianos de origen español, banqueros con doble vida) no dejan de ser bocetos sentados en la periferia de la historia principal que, cuando conviene, se levantan, participan en ella -habitualmente con el chiste oportuno- y después se vuelven a sentar pero, en general, esta todo hecho con tanto buen gusto que, sin pretenderlo, Once coloca en su lugar a ciertos film-musicals y jukebox-musicals que pululan por los escenarios del mundo. Sin fecha de cierre en Nueva York y con estreno previsto en Londres para marzo, es este un Musical para disfrute de abonados a Filmin y a los cines Renoir. Que está muy bien, vamos.
 

El día que vi a Al Pacino

Glengarry Glen Ross. De David Mamet
Gerald Schoenfeld Theatre, 10 de enero 2013

The leads are weak... Foto: AP

The leads are weak… Foto: AP

Quizá era yo anoche la excepción en el patio de butacas del Schoenfeld Theatre, minutos antes del comienzo de la función. Todos esperaban ansiosos a Al Pacino mientras yo me felicitaba por asistir a mi primer Glengarry Glen Ross de David Mamet. Unos y otro salimos, creo, algo decepcionados. La obra de Mamet sigue siendo un prodigio a la hora de decir mucho, aparentemente con muy poco, sobre sus personajes y nuestra sociedad. ¿Cómo no pensar en unos empleados de caja de ahorros luchando por ver quién le cuela más preferentes a sus ancianos ahorradores al contemplar esta historia de comerciales de segunda categoría que necesitan vender a toda costa terrenos sin valor en Florida para mantenerse en el negocio? Este tercer montaje de Glengarry en Broadway es siempre correcto en todos sus aspectos, incluido el reparto, pero falla porque nunca llegamos a empatizar con estos fracasados-hijos-de-puta que pueblan el famoso restaurante chino y la famosa oficina de Mamet. Simplemente nos interesa a distancia lo que les pasa.

Pero hablemos de Al Pacino. Como los años no pasan en balde, le toca esta vez interpretar a Shelly Levene. Gran error porque ni Levene es el protagonista de la obra, ni a Pacino le dejan librarse de su aura y sus tics de fama universal para encarnar a este patético has been que tan bien dibujaba Jack Lemmon en la versión cinematográfica. Lo intenta el actor en el primer acto pero, desde su entrada en la oficina al comienzo del segundo, todo es ya un recital de la gran estrella: sus ojos, sus manos, sus pasos, su falsete… Llegados a este punto, me acomodé en la butaca, pasé de todo lo demás, y me dediqué a contemplar con detalle al mítico Michael Corleone durante el resto de la función.

El piano

El frío mes de enero es buen momento para una visita teatral a Broadway. Las marquesinas comienzan a vaciarse de fiascos (el nuevo musical sobre Chaplin, La anarquista de Mamet y Dead Accounts con Katie Holmes, entre ellos) y, junto a los éxitos intemporales, van quedando las propuestas más interesantes de la temporada. Recién aterrizado, me estudio el Playbill y detecto gran cantidad de autores americanos en cartel: clásicos y contemporáneos, reconocidos y emergentes, hombres y mujeres, de musical y de texto. Por ahí me dejaré llevar.

The piano lesson, de August Wilson
Signature Theater, 9 de enero 2013

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

El Signature es un Teatro centrado en los dramaturgos que descubrí hace un par de años gracias al montaje de la monumental Angels in America de Tony Kushner (maratón de siete horas y una de las mejores experiencias teatrales de mi vida). Esta vez, acudo a escuchar una voz desconocida, la de August Wilson, autor fallecido prematuramente en 2005 que trazó el legado vital de los negros americanos a lo largo del siglo XX en su Pittsburgh Cycle: diez obras independientes, cada una ambientada en una década distinta. The Piano Lesson (premio Pulitzer en 1990) es la correspondiente a los años 30. En un primer acto largo y algo didáctico se nos plantea el conflicto: la calmada Berniece y su impulsivo hermano Boy Willie no se ponen de acuerdo sobre qué hacer con el artístico piano de su fallecida madre; mantenerlo porque esta vinculado al pasado familiar o venderlo para comprar unos terrenos. A partir de ahí, la obra se transforma a través de ricos elementos simbólicos, antropológicos y espirituales que van rompiendo la historia hasta llevarnos a la poderosa catarsis final a base de blues y fantasmas. El problema de esta herencia no es tanto el dinero sino las ideas de cada heredero sobre lo que es la vida y la dificultad para aceptar las del otro. Como afroamericano, Wilson no necesita pedir permiso para hablarnos de lo que los sucesores de esclavos quieren o pueden hacer con su memoria. Su visión no es neutral: la fuerza cultural de los ancestros tiene un vida propia que acaba imponiéndose a los que intentan negarla. Tampoco es ingenuo: la identidad propia y colectiva es herencia liberadora pero también pesada carga. El montaje recoge bien el envite de un texto algo irregular que, con intensos dialogos para ocho personajes, requiere grandes interpretaciones. Destaca especialmente la Berniece de Roslyn Ruff mientras que a Jason Dirden le sobra algo de composición en su extrovertido Boy Willie. Los decorados son, quizá, demasiado detallados y la iluminación excesivamente realista; casi más propios de Broadway que de su Off.

El Signature es un Teatro sin animo de lucro que, desde su fundación en 1991, pone el acento en los autores. Ofrece becas de uno o cinco años a dramaturgos tanto emergentes como’en mitad de su carrera’ que incluyen estrenos garantizados de sus obras. Además dedica mucho espacio en la programación de cada temporada a un autor vivo que participa activamente en los montajes (Miller, Albee, Shepard, Kushner, etc.) Por si fuera poco, gracias a donativos de mecenas particulares acaba de inaugurar, en plena recession, nueva sede con diseño de Frank Ghery y ha establecido un precio fijo de 25 dólares por entrada para los próximos 20 años. Nueva York juega, definitivamente, en otra liga.