Tres amigos

Merrily we roll along, de Stephen Sondheim y George Furth
Menier Chocolate Factory, 13 de febrero 2013

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El trío protagonista de Merrily we roll along. Foto: Tristram Kenton

Cuando Merrily we roll along se estrenó en Broadway en 1981 supuso el mayor fracaso en la carrera de Stephen Sondheim al ser cancelado tras solo dos semanas en cartel. Sin embargo, el prestigioso compositor y su libretista George Furth no dejaron de trabajar en la obra durante la siguiente década, reescribiendo escenas y añadiendo nuevas canciones, hasta que en 1992 se mostró en Leicester la versión revisada que hoy conocemos. Han pasado veinte años de aquel revival y una de sus actrices, Maria Friedman, debuta con gran acierto como directora recuperando este musical maldito en la Menier Chocolate Factory. Aún no conocía este pequeño teatro del barrio de Southwark que en los últimos años no cesa de llamar la atención internacional por la calidad de sus propuestas -tanto en obras de texto como en musicales- que incluso acaban trasladándose al West End y a Broadway con gran éxito; lo cual dice mucho de su ingenioso equipo creativo porque la sala no es más que un prosaico sótano rectangular con un par de molestos pilares por en medio.

Merrily we roll along cuenta la historia del atractivo Franklin Shepard; su evolución de joven e idealista compositor en Nueva York a vendido productor del Hollywood más comercial, sus infidelidades conyugales compulsivas y, sobre todo, la progresiva degradación de su amistad con Charley Kringas y Mary Flynn, compañeros de fatigas durante dos décadas que, ya muy tocados por su proceso autodestructivo, acaban abandonándole. O, más bien, empiezan abandonándole, ya que la obra se desarrolla desde el final al principio, de modo similar a la Traición de Harold Pinter. Adapta Sondheim la partitura a esta estructura de tiempo inverso y logra grandes hallazgos: las variaciones musicales aparecen antes que los motivos originales y los reprises suenan antes que las canciones. Una misma letra interpretada en diferentes épocas provoca emociones opuestas y, dado que al principio se muestran la amargura y el fracaso del final, la ingenuidad e ilusión vital de las últimas escenas adquieren sugerentes tonalidades oscuras.

La dirección de Maria Friedman se fija en los pequeños detalles que significan mucho en esta historia íntima de amistad y decepción. Cuenta con un elenco excelente en el que destacan tanto el trío protagonista formado por Mark Umbers, Damian Humbley y Jenna Rusell como los quince secundarios y, en especial, una fantástica Josefina Gabrielle que interpreta a una de las esposas de Shepard y acaba robando cada escena en la que aparece. La efectiva y bien iluminada decoración modular junto al acertado vestuario de época aseguran el máximo rendimiento expresivo en un espacio tan reducido como es el de la Menier. Sorprendente también la compactada orquesta de nueve músicos que, bajo la batuta de Catherine Jayes, ofrece una poderosa interpretación de la puntillosa partitura de Sondheim a lo brass band. El prodigioso trabajo en la mesa de mezclas logra que la música realce las voces de los intérpretes y el resultado final tiene un sello de máxima calidad; le perdonamos ese medio decibelio de más, dada la complejidad técnica.

Es innegable que el libreto de Furth posee un cierto esquematismo en el que a veces el texto sigue demasiado de cerca al subtexto pero la genialidad musical de Stephen Sondheim acaba imponiéndose a través de verdaderas joyas como la emotiva Not a day goes by o la irónica Franklin Shepard, Inc que hacen de Merrily we roll along uno de esos musicales para adultos, marca de la casa, cuyos ecos se disfrutan mejor a partir del día siguiente.

Besos sin lengua

Kiss me, Kate, de Cole Porter y Sam & Bella Spewack
The Old Vic, 12 de febrero de 2013

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Jason Pennycooke en Too darn hot. Foto: Catherine Ashmore

Tras una década al frente de la dirección artística del Old Vic, se ha atrevido Kevin Spacey a incluir un Musical en la programación del histórico recinto de la orilla sur del Támesis. Para cubrirse las espaldas, recurre a tres nombres consagrados de la historia del teatro. En primer lugar, William Shakespeare: el libreto de Kiss me, Kate -escrito por Sam y Bella Spewack- cuenta el ensayo general y posterior estreno de una versión musical de La fierecilla domada por parte de una compañía de tercera categoria de gira en Baltimore. En segundo lugar, Cole Porter: mítico compositor que, tras triunfar en Broadway con sus comedias musicales ligeras de los años 30, intentaba, ya a finales de los 40, responder con esta obra a las innovadoras aportaciones introducidas por Rodgers y Hammerstein en el género. Y en tercer lugar, Trevor Nunn, peso pesado de la escena británica donde los haya: dieciocho años al frente de la Royal Shakespeare Company, seis como director del National Theatre (donde ofreció numerosos Musicales) y mente creativa de éxitos planetarios como Cats y Los Miserables.

Pero como en el enigmático mundo del teatro no siempre ocurre lo que cabría esperar, el resultado de esta mezcla de ingredientes de alta calidad no va más allá de un correctísimo pero frío montaje solo recomendable para (muy) interesados en la historiografía del teatro musical. Kiss me, Kate encierra dos obras en una; por un lado, la representación de La fierecilla domada y, por otro, los líos sentimentales y económicos de los miembros de la compañía por detrás del escenario. Está más lograda la primera y, de hecho, la adaptación de la comedia shakesperiana es muy buena, canciones incluidas. Desgraciadamente, respecto a la trama del backstage, los gags que sin duda provocarían las carcajadas del público de hace seis décadas ahora se reciben en un respetuoso silencio.

El fallo mayor reside en la dirección de actores. La pareja protagonista que mueve la ación amorosa no acierta a mirarse, en tres horas de función, no ya con deseo sino con el más mínimo interés. En general, todos en el elenco parecen ausentes y preocupados solo por lucir sus (espléndidas) voces. Acaban llevándose los mayores aplausos los dos cómicos gangsters a cargo de Clive Rowe y David Burt con su burlesco Brush up your Shakespeare y el fantástico Jason Pennycooke que encabeza la coreografía a lo Bob Fosse de la famosa Too darn hot. Poco premio para tan larga velada.

Flotando

Algunas personas buenas, de El Pont Flotant
Teatro Lagrada, 1 de febrero 2013

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Algunas personas buenas. Foto: José Ignacio de Juan

A veces, al entrar en una sala, tienes el presentimiento de que vas a vivir una experiencia inolvidable. Me pasó hace unos días en el Teatro Lagrada al sentarme en la butaca y contemplar la escenografía artesanal de ese avejentado bar de barrio valenciano en el que transcurre la historia de Algunas personas buenas. La forma mágica en que, poco después, los cuatro actores de la compañía El Pont Flotant fueron apareciendo en escena despejaba cualquier duda: presentimiento rápidamente confirmado.

Àlex Cantó, Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons forman este grupo de creación colectiva que opta por desplazar la propia realidad al escenario. En este caso, los personajes son ellos mismos pero en un imaginado y poco esperanzador futuro: tres hombres y una mujer, antaño compañeros de fatigas teatrales, son hoy apagados abueletes que se reúnen cada tarde en torno a un spregelburdiano tablero de parchís para echar la tarde recordando batallitas de juventud. En algún momento se conformaron con sobrevivir y de ese encallamiento existencial da buena cuenta la acumulación de frases y situaciones tópicas en que se ha convertido su conversación. Llegado el momento, la obra tiene el acierto de no contrarrestar estos lugares comunes con grandilocuentes discursos ideológicos (de los que se ríen) sino con otras frases igualmente sencillas y cotidianas pero repletas de vida: el margen entre resistencia o abandono es verdaderamente estrecho.

El Pont Flotant practica un teatro antropológico que se quita importancia a base de comicidad constante pero, por debajo de ese humor tan orgánico, todo se siente meditado, experimentado, trabajado con intensidad. Su reflexión sobre personas y relaciones verdaderas deja de lado manidas referencias políticas o televisivas para mantenerse a pie de vida. Lo más fascinante de su propuesta radica en que ese entrelazamiento con lo real se lleva a cabo reforzando lo teatral; el ritual, la distancia, las rupturas constantes (empezando por esos dos espectadores/voluntarios que comparten la puesta en escena) lo dejan bien claro: más que naturalidad, se busca –y se logra- el prodigio de una teatralidad emocionante.

Algunas personas buenas supone, además, un revelador ejemplo de textualidad corporal. El evidente trabajo de los intérpretes respecto al movimiento, el gesto y la voz es simplemente fabuloso. Si a ello añadimos un empleo casi iniciático de la luz, el sonido y los recursos escenográficos, obtenemos un montaje de cualidad atmosférica que el espectador sensible se resiste a abandonar. No parece extraño que esta Banda teatral beba de fuentes como Odin Teatret, Lecoq, Decroux o Roy Hart. Lo bueno es que la influencia de estas escuelas internacionales se baraje tan acertadamente con el derrotismo autodestructivo y el hedonismo efímero que caracterizan el adn valenciano, dando como resultado la personalísima combinación que nos ofrece El Pont Flotant.

Es éste un espectáculo que, por sí solo, da sentido a la celebración del Festival Escena Contemporánea de este año. Se impone felicitar a su director, Salva Bolta, por haberlo programado y lamentarse por no haber descubierto antes el trabajo de esta singular bomba mediterránea. Decíamos que la receta de Algunas personas buenas requiere cortar continuamente la cocción para que emulsionen bien sus ingredientes; esta fórmula se evidencia notablemente durante el tramo final de la obra en que, a través de la fantasía, los protagonistas se abren a la esperanza de los sueños que quedaron olvidados. Es un mensaje reconfortante y necesario para estos tiempos de estafa global contra el ser humano.

Un bello barroco

El lindo don Diego, de Agustín Moreto
Teatro Pavón, 31 de enero 2013

critica de la obra de teatro el lindo don diego de la cntc

Elenco de El lindo don Diego. Foto: CNTC

Encomienda Helena Pimenta este segundo montaje de su etapa al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico al siempre interesante Carles Alfaro. El director valenciano ha montado para la ocasión El lindo don Diego de Agustín Moreto, reelaboración tardía de El Narciso en su opinión de Guillem de Castro. La comedia, un enredo para el más puro divertimento, se beneficia de la mirada elegante y estilizada de Alfaro: la limpia y fresca escenografía, el sugerente juego de espejos, el vestuario casi conceptual, el ritmo pausado y los leves subrayados musicales logran recrear la lucha constante entre fantasía y realidad que late en el personaje de Don Diego, un figurón ridículo que necesita creerse perfecto e irresistible con tal de no asumir la cruda verdad. Sometido a un engaño urdido para evitar el casamiento forzoso con una prima, su peripecia y la del resto de personajes se siguen con facilidad gracias a una diáfana versión de Joaquín Hinojosa que todavía podría haber recortado algún minutillo más a la trama.

Había cierta inquietud entre los habituales del Pavón por la presencia del televisivo Edu Soto en el reparto pero lo cierto es que cumple con dignidad en la entrega del verso y aporta un histrionismo incluso comedido a su Don Diego. Tampoco pasaría nada si se soltara un poco más, dada la clara apuesta de Alfaro por el tono paródico de los personajes. En esta línea, aprovechan muy bien sus intervenciones el Mosquito de Carlos Chamarro, criado y maquinador de todo el engaño, el Don Tello de Javivi Gil y la Doña Leonor de Natalia Hernández. El resto del elenco pone esforzada caracterización allí donde la vis cómica flojea un poco y, en conclusión, el público ríe mucho y aplaude más, que es de lo que se trataba.