Mormon Park

The Book of Mormon, de Trey Parker, Robert Lopez y Matt Stone
Eugene O’Neill Theatre, 15 de enero 2013

El Rey Mormón. Foto: Joan Marcus

El Rey Mormón. Foto: Joan Marcus

Todo lo que rodea al musical de los creadores de South Park desde su estreno en marzo de 2011 tiene proporciones gigantescas: siete años de producción, éxito inmediato, críticas canonizadoras, peleas por conseguir entradas con meses de adelanto, precios astronómicos de hasta 477 dólares por butaca, recuperación en pocos meses de los 12 millones de inversión inicial, giras, inmimente estreno en Londres, futura película… Todo es gigantesco excepto -tengo que decir después de haberla visto- la obra misma. The Book of Mormon no es más que un competente pastiche a lo South Park en el que Los Productores van a misa en Spamalot, canta el coro de Avenue Q y, sí, en el último banco están sentados Rodgers y Hammerstein pero, ¿no lo están en cualquier musical? Pocos desaciertos tiene este montaje que narra las peripecias de dos jóvenes mormones enviados a convertir africanos en Uganda: te ríes con los personajes y las situaciones, te entretienen los vistosos bailes, se critica la religión y la visión occidental del tercer mundo. Sin embargo, en los cinco minutos que tardas en salir del aglomerado teatro, se te olvida prácticamente todo.

El mayor logro de Parker, Lopez y Stone reside en el toque candoroso y naíf que han sabido dar a los personajes, lo que ayuda a digerir teatralmente lo que, de otro modo, habría sido pura parodia televisiva. La sagaz dirección de Casey Nicholaw multiplica cada acierto por mil. Las canciones, poco memorables en lo musical, dan pie con sus letras a buenos números humorísticos: Turn it off es una alabanza de la represión religiosa para ‘superar’ la homosexualidad que enternecería a Aquilino Polaino; Hasa diga eebowai se burla del tono optimista del Hakuna matata de El rey león y el momento más divertido del espectáculo llega con Joseph Smith American Moses, pequeña función dentro de la función en la que los convertidos ugandeses representan para los dirigentes de la Iglesia mormona lo que han entendido de su predicación. Pese a todo, me pregunto lo que pensaría a la salida el que pagó 477 dólares.

El zoo de satén

La gata sobre el tejado de zinc, de Tennessee Williams
Richard Rodgers Theatre, 12 de enero 2013

Afilando las uñas... Foto: Joan Marcus

Afilando las uñas… Foto: Joan Marcus

Cuando Maggie y Brick entran en el célebre dormitorio freudiano de Cat on a Hot Tin Roof, todos los ojos del abarrotado patio de butacas se posan en Scarlett Johansson; pero ella está tan metida en su papel desde el minuto cero que incluso evita el tradicional aplauso de bienvenida a las celebrities, algo nada habitual en Broadway. Minutos después, llega la prueba de fuego: la Johansson en negligé de satén supone una seria amenaza para la atención de cualquier espectador pero, de nuevo, no se oye un murmullo. Hay sensualidad, sí, pero es la propia del personaje. La velada teatral promete. Esta Maggie que proponen actriz y director es más maquinadora en lo económico que insatisfecha en lo sexual; poco a poco va desgranado sus quejas y desvelando secretos conyugales mientras su marido se emborracha en silencio. Johansson se apodera de este monólogo casi ininterrumpido que supone para ella el primer acto a base de una voz robusta, expresiva y rota de Southern Belle: piel de Marilyn, alma de Bette Davis.

En el segundo acto entra en escena Big Daddy, a cargo de un impecable Ciarán Hinds. El padre simpático y narcisista pero brutal y fracasado sí que logra con su monologada batalla una abrupta reacción por parte del hijo, papel que -por problemas de agenda o temor a las tablas- rechazó interpretar Chris Pine; lo asume un correcto Benjamin Bradley al que le falta atractivo animal para encarnar plenamente al deseado Brick. Cumple también el resto del elenco, aunque sobra algo de gestualidad sureña marcada por el director a todas las actrices. Rob Ashford fue prestigioso coreógrafo aquí antes que afamado director en Londres y, en su gran debut sin orquesta en Broadway, mueve con elegancia y violencia a sus parejas de baile en torno a la omnipresente cama. Su escenografía resulta algo desangelada, pero se lo perdonamos por la belleza simbólica de esos niños que, disparando sus pistolas de jugete, marcan el final de cada acto. Respeta sobre todo Ashford la coreografía transparente de un texto perfecto que disecciona sexualidades, familia y sociedad ante nuestros ojos. Salimos del catártico clímax exhaustos pero felices de haber participado en esta inolvidable tarde de sábado con Tennessee Williams. A una semana del estreno oficial, el público ya da su veredicto: ovación final.

Érase

Once, a new musical, de Enda Walsh, Glen Hansard y Markéta Irglová
Bernard B. Jacobs Theatre, 11 de enero 2013

Chica al piano, chico a la guitarra. Foto: Joan Marcus.

Chica al piano, chico a la guitarra. Foto: Joan Marcus.

Cuando entras al teatro, una banda de folk rock está de jam session sobre el escenario tranformado en pub irlandés; en su barra semicircular venden cerveza a los espectadores que se atreven a subir las escaleritas. El tempo de las improvisaciones se hace cada vez más lento; el público va regresando a sus butacas y un chico coge la guitarra y canta una balada que es ya el primer número de Once, el aclamado Musical indie de Broadway basado en una pequeña película irlandesa del mismo título. En este cuento de hadas postmoderno, el príncipe infeliz es Chico, un músico callejero irlandés, treintañero y en crisis existencial; el hada madrina es Chica, una joven y apasionada pianista checa sin piano ni sentido del humor; y la lámpara mágica es una vieja aspiradora rota. Tanto su autor, Enda Walsh, como su director, John Tiffany, han acertado en la dosis de autenticidad y teatralidad que da a Once un aire generacional: es como el Rent de Larson pero actualizado para el ipod nano. Los actores tocan en directo sus instrumentos: piano, guitarra, banjo, acordeón, y lo que se tercie; pese a estar en un teatro de mil butacas la sensación es la de un concierto acústico en una pequeña sala. La historia arranca con una inmediatez inesperada y consigue concluir evitando los lugares comunes de las historias de amor. Los cambios de decorado se resuelven con tres sillas, unos focos y la imaginación del espectador. No poca culpa del éxito la tienen sus dos protagonistas: la muy divertida Cristin Milioti y el francamente atractivo Steve Kazee.

Cierto es que hacia la mitad del segundo acto las canciones empiezan a sonar algo repetitivas y que los personajes secundarios (padres comprensivos, madres seductoras, compañeros de piso adictos a las telenovelas, vendedores de pianos de origen español, banqueros con doble vida) no dejan de ser bocetos sentados en la periferia de la historia principal que, cuando conviene, se levantan, participan en ella -habitualmente con el chiste oportuno- y después se vuelven a sentar pero, en general, esta todo hecho con tanto buen gusto que, sin pretenderlo, Once coloca en su lugar a ciertos film-musicals y jukebox-musicals que pululan por los escenarios del mundo. Sin fecha de cierre en Nueva York y con estreno previsto en Londres para marzo, es este un Musical para disfrute de abonados a Filmin y a los cines Renoir. Que está muy bien, vamos.
 

El día que vi a Al Pacino

Glengarry Glen Ross. De David Mamet
Gerald Schoenfeld Theatre, 10 de enero 2013

The leads are weak... Foto: AP

The leads are weak… Foto: AP

Quizá era yo anoche la excepción en el patio de butacas del Schoenfeld Theatre, minutos antes del comienzo de la función. Todos esperaban ansiosos a Al Pacino mientras yo me felicitaba por asistir a mi primer Glengarry Glen Ross de David Mamet. Unos y otro salimos, creo, algo decepcionados. La obra de Mamet sigue siendo un prodigio a la hora de decir mucho, aparentemente con muy poco, sobre sus personajes y nuestra sociedad. ¿Cómo no pensar en unos empleados de caja de ahorros luchando por ver quién le cuela más preferentes a sus ancianos ahorradores al contemplar esta historia de comerciales de segunda categoría que necesitan vender a toda costa terrenos sin valor en Florida para mantenerse en el negocio? Este tercer montaje de Glengarry en Broadway es siempre correcto en todos sus aspectos, incluido el reparto, pero falla porque nunca llegamos a empatizar con estos fracasados-hijos-de-puta que pueblan el famoso restaurante chino y la famosa oficina de Mamet. Simplemente nos interesa a distancia lo que les pasa.

Pero hablemos de Al Pacino. Como los años no pasan en balde, le toca esta vez interpretar a Shelly Levene. Gran error porque ni Levene es el protagonista de la obra, ni a Pacino le dejan librarse de su aura y sus tics de fama universal para encarnar a este patético has been que tan bien dibujaba Jack Lemmon en la versión cinematográfica. Lo intenta el actor en el primer acto pero, desde su entrada en la oficina al comienzo del segundo, todo es ya un recital de la gran estrella: sus ojos, sus manos, sus pasos, su falsete… Llegados a este punto, me acomodé en la butaca, pasé de todo lo demás, y me dediqué a contemplar con detalle al mítico Michael Corleone durante el resto de la función.