Impresiones teatrales 2012 (Parte 1)

Con el cambio de año, Teatroland se reinventa como diario personal de impresiones teatrales. En este primer post de 2013 comienzo el repaso a lo mejor de lo vivido en teatros en 2012. Soy ecléctico, aviso.

Enero comenzó con un viaje a Nueva York donde pude recuperar el Ricardo III psicópata pero simpático de Kevin Spacey: excelente primera parte pero actor y obra se deshinchaban tras el descanso.//Además cayeron tres revivals de musicales clásicos: Porgy and Bess de los Gershwin con una extraordinaria Audra Mcdonald (¡qué voz, qué todo!) pero irregular en lo demás.//Elegante Anything Goes de Cole Porter, con la ascendente Laura Osnes y el legendario Joel Grey.//Y el Follies de Sondheim (presupuesto reconocido: 7 millones de dólares) en el que me fijé especialmente a la espera de la versión española. Aparte del prodigioso ritmo durante la secuencia alucinatoria (Loveland, etc.) y la entonada Phyllis de Jan Maxwell, simplemente correcto. Y Bernadette Peters, en un miscasting como una catedral.//De la cartelera madrileña me sorprendió la inteligente puesta en escena de José K. torturado (¿por qué no dirige más Carles Alfaro?) con un estupendo Pedro Casablanc.//Del sobreproducido Montaplatos de Animalario me quedo con el trabajo de  Willy Toledo.

En Febrero recuperé el Malcontent de Grumelot. Inteligentísima adaptación de José Padilla, que resuelve muchas lagunas de La duquesa de Amalfi de Webster al hacer protagonista al criado Bossola; gran interpretación de Javier Lara.//Interesante Priestley en El tiempo y los Conway de Pérez de la Fuente con una destacada Nuria Gallardo.//En Segovia pude ver por fin La función por hacer, de Kamikaze Producciones, extraordinario derroche de talento que justifica todo lo que ha venido después.//En el Lara me sorprendió El manual de la buena esposa, divertida comedia de sketches a zaga de la huella de Sanzol.//Atrevido texto el de Grooming, especie de problem play contemporánea escrita por Paco Bezerra.//Y llegó el Follies de Mario Gas: ‘casi un milagro’ que, con una décima parte del presupuesto de la versión americana, lo igualaba en varios aspectos y lo superaba en muchos. Por una vez se cumplió el dicho y la Plaza de Santa Ana no tuvo nada que envidiarle a Times Square. Qué gran versión en castellano de Roser Batalla y Roger Peña: letras comprensibles y gramaticalmente correctas en nuestro idioma, lo cual tiene mucho mérito dada la escritura verborreica de Stephen Sondheim. Vicky Peña, Carlos Hipólito, Ángel Ruiz y  la Broadway baby Asunción Balaguer me gustaron especialmente en este viaje hacia el brillo seductor y engañoso de las lentejuelas, pero ¿quién no quiso alguna vez ser corista? La mirada luminosa de Muntsa Rius en los aplausos finales demostraba que también ella se había dado cuenta de que era su obra y su momento.

Otro gran descubrimiento en marzo: los Tres años de Sala Guindalera. Las aguas calmadas y los torbellinos subterráneos del relato de Chejov puestos a la vista para placer del espectador gracias a la delicada adaptación y dirección de Juan Pastor. Teatro emocionante para adultos que te lleva de la risa al llanto gracias a un excelente reparto en el que destaca la conmovedora María Pastor. Además, todas las compañías y salas de teatro de Madrid deberían acudir a La Guindalera para descubrir como nos gusta ser tratados a los espectadores (y no me refiero solo al licor).//También recuperé este mes un pequeño montaje -vendría a ser un Off Off Broadway– del musical autobiográfico Tick Tick Boom de Tela-Katola en el que estaba más vivo el espíritu de Jonathan Larson que en la última producción de Rent en Nueva York. Acertado trío protagonista entre los que destacaba un muy expresivo David Tortosa.

En abril, me sorprendió la Exhumación de Carlos Be, sugerente texto y resolutiva puesta en escena que mezclaba con mucho acierto el Hamlet de Shakespeare con el suspense escandinavo.//Sin ser ‘Tis pitty she’s a whore de lo mejorcito de Cheek By Jowl, siempre sorprenden los de Donnellan con su dominio en el arte de mezclar espacio y tiempo al servicio de la historia (y además aprendimos cuánto ayuda a la mente criminal un coqueto cuarto de baño).//Fin de semana en Londres muy fructífero en lo teatral: La Royal Shakespeare Company pone su talento al servicio de Matilda, el Musical y eso se nota. Durante bastantes años van a poder los padres poner como excusa a sus hijos para ir a disfrutar con la ironía de Roald Dhal. Hilarante la Miss Trunchbull de Bertie Carvel que pronto hará las maletas para el estreno en Broadway.// Y siguiendo con mi Año Sondheim, un Sweeney Todd redondo con el excelente Michael Ball y una sorprendente Imelda Staunton todavía mejor.//Disfruté con la respetuosa versión del Largo viaje del día hacia la noche de O’Neill con David Suchet. Acostumbrado a verlo (doblado) en la tele como el Poirot de Agatha Christie no me imaginaba ni su dominio absoluto de la voz y el cuerpo ni el alucinante espectáculo interpretativo que nos ofreció.//Y hablando de grandes interpretaciones, llegó De ratones y hombres y, con la desoladora historia de Steinbeck, se repitió esa multiplicación del talento marca de la casa Kamikaze. Qué placer provoca un trabajo en equipo que da como fruto lo mejor de cada uno; todo lo contrario a esos irregulares repartos ‘amiguistas’ que tanto daño siguen haciendo al teatro ‘oficial’ en España. El George de Fernando Cayo me pareció simplemente inolvidable: su tierna amistad con el Lennie de Roberto Álamo, su escucha profunda del drama de la vida que le rodea y su dura decisión final me dejaron clavados en la butaca cada vez que vi la obra. Si yo fuera actor, mataría porque me dirigiera Miguel del Arco. Menciones especiales a Juanjo Llorens por sus mágicas luces, a Concha Busto por este regalo y a Aitor Tejada que, no contento con lo que pone sobre el escenario, se dedica también a conquistar fieles espectadores con sus buenas artes en Twitter.//Y sigue este estupendo abril con Farsas y églogas, joya del teatro pre-clásico español servida con mucho talento por la compañía segoviana Nao d’amores a la que queremos ‘por lo bien que se expresa’, aunque sea en pre-castellano.//De El chico de la última fila en la Cuarta Pared lo que más gustó fue la interpretación de Samuel Viyuela, otro joven actor con un futuro prometedor.//Qué gran trabajo de Julio Manrique y la Sala Beckett el montaje de Cosas que hoy decíamos que trajo La Abadía. Sentados a la mesa de ese camaleónico restaurante, los espectadores no hubiéramos querido salir de allí. Excelente traducción de Cristina Genebat, a la que se le nota la muy buena sintonía con Neil LaBute. ¡Vaya mes!

LLega mayo. Los aciertos del texto de La piel en llamas, invitan a estar atentos a los próximos estrenos de Guillem Clua.//Segunda etapa de La gaviota de Rubén Ochandiano, esta vez en el Galileo. Pese a ciertos desajustes, seguía brillando con luz propia la Irina Arkadina seductora y destructiva de Toni Acosta.//Nueva cita con Kamikaze, esta vez en Pozuelo para la función de despedida de la magistral Veraneantes. Lástima que la corrupción política y bancaria a la que los políticos y banqueros corruptos llaman ‘crisis’ haya impedido que esta inteligente adaptación de Gorki con extraordinario elenco siga seduciendo a nuevos espectadores a lo largo y ancho del país.

Comenzaba el mes de junio en pleno Festival de otoño en primavera. A la señora de Las Criadas de Genet le pasa como a la Irina de Chejov, que debe atraer y disgustar por igual. La bordaba Tomás Pozzi, muy bien acompañado por Fernanda Orazi y Barbara Lennie, en esta fresca versión de Pablo Messiez.//Patrice Chéreau ofrece una fascinante lectura dramatizada del Coma de Pierre Guyotat en La Abadia. //Pero de todo el festival me quedo con Le chemin solitaire de Arthur Schnitzer a cargo de tg STAN: un montaje que respeta por igual el papel de autor, actores y espectadores en una representación teatral. La compañía belga trabaja sin director.//Nueva visita a Nueva York en la que pude pillar la  extraordinaria One man, two guvnors del National Theatre británico. Prodigioso ejemplo de commedia dell’arte el de este Goldoni pasado por los Monty Python y por Little Britain. Y un descomunal James Corden dando lecciones de cómo se rompe la cuarta pared.//En otro musical de regusto clásico, el algo turístico Nice work if you can get it, me encuentro con un cumplidor Matthew Broderick acompañando a la que probablemente es la mejor actriz de Broadway hoy en día, la genial Kellie O’Hara. No acabo de entender qué hace en esta obra.//De vuelta en Madrid, primer contacto con el fenómeno del Microteatro multisalas malasañero: armada con manzana y jeringuilla, la orgullosa madrastra Dolly nos ofreció 15 minutos de mucha diversión y risas en Desmontando a Blancanieves de Juan Mairena.

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La ratonera

De ratones y hombres, de John Steinbeck
Teatro Español, 26 de mayo 2012

critica de la obra de teatro de ratones y hombres

Fernando Cayo y Roberto Álamo. Foto: David Ruano

De Ratones y Hombres, de John Steinbeck, que durante mes y medio se ha presentado en el Teatro Español de Madrid con dirección de Miguel del Arco y producción de Concha Busto y ahora prosigue su gira nacional, es de esas obras que hay que ver; incluso más de una vez. Y no por ser el retrato de la gran depresión americana del 29 ni de nuestra actual crisis económica sino porque nos coloca en la encrucijada donde se decide eso misterioso que hace que la vida humana lo sea verdaderamente.

El protagonista de la historia es George, un ‘olvidado’ más que vaga por el campo californiano, de trabajo miserable en trabajo miserable, acompañado por Lennie, un problemático grandullón con mente de niño, al que le ata una ambivalente relación protectora. George es un hombre sencillo en el que late un fuerte deseo: la esperanza de otra vida posible.

De entre todas las víctimas del sistema deshumanizador en que transcurre la obra, probablemente sea el único que se niega a interiorizar las reglas perversas a las que es sometido. Steinbeck escribe la crónica de tres días esenciales de la vida de George que transcurren en una granja a la que acaba de llegar; nos hace testigos de un recorrido que desemboca en inevitable elección: seguir luchando por vivir como un hombre o conformarse con sobrevivir como un animal.

Tuve la suerte de ver esta obra el año pasado en un montaje del Seattle Repertory Theatre, compañía que equivaldría en la costa oeste al afamado Steppenwolf de Chicago. Allí pusieron una obra simbólica y didáctica, plenamente americana; representada con esa cierta solemnidad que corresponde a un texto que todo estadounidense lee y analiza minuciosamente en el instituto.

Desde el inicio de éste montaje de Miguel del Arco nos sentimos relajados porque el director se libera, y nos libera, de la carga que supondría poner en pie la gran obra americana sobre el sueño americano, y se centra en contarnos la historia desde el interior, destilando su esencia más universal.

En sintonía con esta elección, los exteriores ocres y rojizos de aquel montaje americano son sustituidos aquí por un paisaje azuloscurocasinegro. Los protagonistas ya no son aquellos ratones con el nido destrozado del verso que da título a la novela de Steinbeck sino otros parecidos, atrapados en una vida-trampa de difícil escapatoria.

Dentro de ese mundo terrible donde reinan la violencia y la evasión, cada uno hace lo que puede: desde los que imitan a quienes les someten, sometiendo a otros más débiles, hasta los que intentan cuidarse los unos a los otros; esta humanidad básica es la que le brota abundantemente a George. En el final complejo y duro de la obra prefiero, como espectador, ver unas notas de optimismo: en una situación límite, George elige lo que es mejor para Lennie y para él. Conseguirá, tal vez, la ansiada huida de la ratonera.

Como es habitual, la mayor virtud de Miguel del Arco reside en la elección y dirección de actores: Fernando Cayo nos ofrece con este George su mejor interpretación desde el memorable montaje de El Curioso Impertinente que llevó a cabo Natalia Menéndez en 2007. Carga generosamente con el peso de la obra y acierta en cada matiz a la hora de mostrarnos todo el proceso interior que requiere la evolución dramática de su personaje.

La escucha sentiente, profunda, que Cayo nos regala durante toda la escena del perro de Candy -tan importante para su decisión posterior- convierte este pasaje en el más brillante de la función. Por no hablar de la empatía tan auténtica que, de principio a fin de la historia, le une al personaje de Lennie, encarnado con similar acierto por Roberto Álamo.

Como hacía con Urtain, Álamo se mete de nuevo en la piel de un ser especial y, sin importarle que su personaje sea más catalizador que verdaderamente protagonista, nos lo presenta con gran verdad, enamorando al público y enriqueciendo así el sentido de la obra. Me convence la apuesta de director y actor por un Lennie más aniñado que de costumbre, superando así, de paso, el peligro de que el evidente sex appeal de Álamo dotara de algunas connotaciones inesperadas sus escenas con la esposa de Curley.

El resto de actores, todos protagonistas, se conjunta a la perfección para dar vida a los demás personajes: el maternal Candy a cargo de un emocionante Antonio Canal, el seco patrón del veterano Rafael Martín, el despreciable y ridículo Curley de Diego Toucedo (en las antípodas de su reciente Celio de El Perro del Hortelano) el tranquilo Slim de Josean Bengoexea, el degradado Crooks de Emilio Buale, el duro Carlson de Eduardo Velasco, el solitario Whit de Alberto Iglesias.

Irene Escolar también retrata con solvencia a la insatisfecha mujer de Curley, sin duda el personaje más alejado del original americano. La nietísima (como algunos la llamamos cariñosamente, en homenaje a su excepcional abuelísima) recupera aquí el vuelo de Oleanna después de andar algo perdida, como el resto del reparto, en Agosto, la exitosa megaproducción de Gerardo Vera.

Pese a su riqueza de sentido, De Ratones y Hombres no es del todo redondo como texto teatral. Steinbeck escribió la novela como un intento de explorar sus capacidades para la escritura dramática, pero aquello no dejaba de ser un relato dialogado. Se suele decir que el propio Steinbeck adaptó su historia al teatro y es cierto que lo intentó pero, finalmente, tuvo que intervenir George Kaufman, reconocido factótum de Broadway, que aportó la carpinteria teatral suficiente para llegar a la noche del estreno en condiciones.

Esta versión española de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco, muy respetuosa con la original de Broadway, consigue, sin embargo, ajustar algunas tuercas mediante pequeñas aportaciones que resuelven problemas en lugar de crear otros nuevos, como a veces ocurre con algunas adaptaciones. En particular, me gustan mucho los reconfortantes golpes de humor que, además, le hubieran encantado a Kaufman, que fue guionista -el predilecto- de Groucho Marx.

La tan dinámica (e incluso coreográfica) escenografía, con ese toque industrial que me recuerda a la ambientación de Sweeney Todd; el uso de las proyecciones para expresar atmósferas y acentuar la rapidez cronológica del encuentro con la fatalidad (no así para ilustrar los sueños de los protagonistas); el vestuario realista y la ambientación sonora y musical, especialmente en la mencionada escena del perro de Candy, me parecen recursos empleados muy acertadamente. La obra es, en general, sencilla respecto a su puesta en escena, y es de agradecer que del Arco la haya mantenido así, sin caer en innecesarias complicaciones de corte más snob.

Me he guardado para la última frase un elogio al trabajo de Juanjo Llorens que, tranquilamente, se está convirtiendo en el mejor iluminador de nuestra escena.