Ya no vamos a Moscú

Vanya and Sonia and Masha and Spike, de Christopher Durang
Lincoln Center Theatre at the Mitzi E. Newhouse, 16 enero 2013

La manzana de Chéjov. Foto: Carol Rosegg.

La manzana de Chéjov. Foto: Carol Rosegg.

Vanya y Sonia han pasado la vida cuidando de sus padres -profesores universitarios enamorados de Chéjov– hasta el último momento. Su hermana Masha -estrella de Hollywood en horas bajas con jovencito amante cachas- regresa a Pennsylvania para poner en venta la propiedad familiar cuyos gastos ya no puede costear. Pronto se les une la etérea y trágica hija de los vecinos, de nombre… Nina, claro. Partiendo de estos hilos tan chejovianos, Christopher Durang presenta su última obra en la que deja de lado el humor absurdo y neurótico para dar una lección de comedia clásica en la que los gags se suceden alocadamente: Spike, el jovencito cachas, se quita la ropa a las primeras de cambio, hay una fiesta de disfraces basada en Blancanieves, con enanitos y Maggie Smith recibiendo el Oscar, incluidos; hay teatrillo vanguardista en el que una molécula se queja del cambio climático, y está la criada que hace vudú.

Durang ofrece una obra de actores con elenco de campanillas: ver actuar en vivo a la cinematográfica Sigourney Weaver es, personalmente, un sueño hecho realidad. El timing cómico del televisivo David Hyde Pierce es de alta precisión. Y la menos conocida Kristine Nielsen acaba robando la función con el personaje más agradecido de todos. Los jovenes están también excelentes. Sorprende, tras tanto gag, el tono más serio, aunque profundamente optimista, del tercer acto. El buen ambiente creado en la acogedora Sala Off Broadway del Lincoln Center es tan palpable que actores y espectadores nos miramos y, aún sabiendo que no es ésta la obra que cambiará nuestras vidas, nos sentimos tan a gusto que ya no queremos ir a Moscú.

Una cucharada de buen teatro

Water by the Spoonful, de Quiara Alegría Hudes
Second Stage Theatre, 13 de enero 2013

Guerras de familia. Foto: Richard Termine.

Guerras de familia. Foto: Richard Termine.

Mujer, de origen portorriqueño y joven dramaturga; el premio Pulitzer otorgado en 2012 a Quiara Alegría Hudes pasaría por ejemplo paradigmático de discriminación positiva de no ser porque su obra Agua a cucharadas es tan buena que gira y gira por sí misma sin necesidad de impulsos externos. Se trata de la segunda parte de una trilogía en torno a Elliot Ortiz, joven militar que regresa de Irak con una pierna estropeada y busca reintegrarse a la vida de cada día mientras supera otros daños menos visibles. No es esta nueva entrega un drama de héroes que regresan al hogar sino un fresco de familia en el que cada uno tiene, al igual que Elliot, un difícil historial que resolver. Se trata, en realidad, de dos familias: la una, carnal, que organiza un inesperado entierro y la otra, cibernética, que reune a varios miembos de un chat para superar la adicción al crack. Hudes escribe siempre desde la distancia corta: situaciones y personajes son dramatizaciones (libres, claro está) de acontecimientos familiares suyos. La prima Yazmin, profesora de música y compositora de jazz disonante que ofrece su continuo apoyo al protagonista, es un claro alter ego de la autora. Y escribe además sin restringir las emociones más potentes de una historia tan cercana, lo cual agradece el espectador. Pese a lo grave de algunos asuntos, surge siempre un humor real y vitalista. Hay una constante superposicion de situaciones, planos y texturas de gran riqueza. Sin pretenciosidad alguna, Water by the Spoonful logra la mejor recreación que he visto sobre un escenario de los mundos y relaciones a través de internet.

No se sostendría esta fresca propuesta sin una interpretación coral de tanta naturalidad que en todo momento vemos a personas y no a personajes. Están todos magníficos. La dirección de Davis McCallum y la producción del Second Stage Theatre suman esfuerzos en el mismo sentido. Pequeños peros: en una obra con una partitura tan original, el oído rechaza los pocos y cortos pasajes que de pronto suenan a tópico; y hay una cierta simplicidad en la conclusión que seguramente sea modestia pero deja con ganas de algo más. Tiene el don Quiara Alegría Hudes de iluminar conexiones profundas en breves destellos. Habrá que seguirle la pista.

El piano

El frío mes de enero es buen momento para una visita teatral a Broadway. Las marquesinas comienzan a vaciarse de fiascos (el nuevo musical sobre Chaplin, La anarquista de Mamet y Dead Accounts con Katie Holmes, entre ellos) y, junto a los éxitos intemporales, van quedando las propuestas más interesantes de la temporada. Recién aterrizado, me estudio el Playbill y detecto gran cantidad de autores americanos en cartel: clásicos y contemporáneos, reconocidos y emergentes, hombres y mujeres, de musical y de texto. Por ahí me dejaré llevar.

The piano lesson, de August Wilson
Signature Theater, 9 de enero 2013

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

Presto con fuoco. Foto de Joan Marcus.

El Signature es un Teatro centrado en los dramaturgos que descubrí hace un par de años gracias al montaje de la monumental Angels in America de Tony Kushner (maratón de siete horas y una de las mejores experiencias teatrales de mi vida). Esta vez, acudo a escuchar una voz desconocida, la de August Wilson, autor fallecido prematuramente en 2005 que trazó el legado vital de los negros americanos a lo largo del siglo XX en su Pittsburgh Cycle: diez obras independientes, cada una ambientada en una década distinta. The Piano Lesson (premio Pulitzer en 1990) es la correspondiente a los años 30. En un primer acto largo y algo didáctico se nos plantea el conflicto: la calmada Berniece y su impulsivo hermano Boy Willie no se ponen de acuerdo sobre qué hacer con el artístico piano de su fallecida madre; mantenerlo porque esta vinculado al pasado familiar o venderlo para comprar unos terrenos. A partir de ahí, la obra se transforma a través de ricos elementos simbólicos, antropológicos y espirituales que van rompiendo la historia hasta llevarnos a la poderosa catarsis final a base de blues y fantasmas. El problema de esta herencia no es tanto el dinero sino las ideas de cada heredero sobre lo que es la vida y la dificultad para aceptar las del otro. Como afroamericano, Wilson no necesita pedir permiso para hablarnos de lo que los sucesores de esclavos quieren o pueden hacer con su memoria. Su visión no es neutral: la fuerza cultural de los ancestros tiene un vida propia que acaba imponiéndose a los que intentan negarla. Tampoco es ingenuo: la identidad propia y colectiva es herencia liberadora pero también pesada carga. El montaje recoge bien el envite de un texto algo irregular que, con intensos dialogos para ocho personajes, requiere grandes interpretaciones. Destaca especialmente la Berniece de Roslyn Ruff mientras que a Jason Dirden le sobra algo de composición en su extrovertido Boy Willie. Los decorados son, quizá, demasiado detallados y la iluminación excesivamente realista; casi más propios de Broadway que de su Off.

El Signature es un Teatro sin animo de lucro que, desde su fundación en 1991, pone el acento en los autores. Ofrece becas de uno o cinco años a dramaturgos tanto emergentes como’en mitad de su carrera’ que incluyen estrenos garantizados de sus obras. Además dedica mucho espacio en la programación de cada temporada a un autor vivo que participa activamente en los montajes (Miller, Albee, Shepard, Kushner, etc.) Por si fuera poco, gracias a donativos de mecenas particulares acaba de inaugurar, en plena recession, nueva sede con diseño de Frank Ghery y ha establecido un precio fijo de 25 dólares por entrada para los próximos 20 años. Nueva York juega, definitivamente, en otra liga.