Bajel pirata le llaman…

Tempestad, de William Shakespeare
Naves del Español-Matadero (Sala 2), 3 de enero 2013

critica de la obra de teatro tempestad de sergio peris mencheta

En plena Tempestad. Foto: Guillermo Casas/Festival de Almagro.

De Sergio Peris-Mencheta hay que admirar, en primer lugar, la inquietud que le lleva a dirigir teatro, más alla de su faceta actoral, y también su evidente capacidad de convicción para que le programen en el Teatro Español, tanto el equipo de Mario Gas como el de Natalio Grueso. En Tempestad manifiesta, además, un llamativo ingenio para captar la atención del espectador por medio de recursos visuales y sonoros. De él dan cuenta los momentos de la historia a bordo del barco y el posterior naufragio escenificado en miniatura, que son la imagenes más redondas del montaje. Ya en la isla, continuan los recursos sencillos empleados abundantemente, aunque no siempre con tanto acierto.

El problema de esta Tempestad viene cuando llega el momento de que callen los efectos y se oiga la historia, el texto, que es lo que uno siempre espera cuando aparece el nombre de Shakespeare, aunque sea tan en pequeño como en este programa de mano. La libertad en la adaptación simplifica excesivamente la historia y apaga la poesía; los desajustes interpretativos hacen que las palabras del autor suenen a veces monocordes, a veces gritadas y, en ambos casos, excesivamente amplificadas por micrófonos y altavoces. Por segunda vez en esta temporada nos encontramos con el famoso Our revels now are ended… troceado por el director (la primera, en la olvidable Forests de Calixto Bieito), divertimento adecuado quizá para quienes lo hayan escuchado completo en muchas representaciones anteriores, que no es el caso. Pese a todo, Tempestad resulta siempre entretenida y especialmente válida para jóvenes con miedo a los ‘aburridos’ clásicos.

Ganarían mucho las propuestas de Peris-Mencheta si sus ocurrentes recursos narrativos surgieran más orgánicamente del propio texto. Concedámosle, de momento, los premios en apartados técnicos, a la espera de poder entregarle también, en otra ocasión, el de mejor guión adaptado.

De re publica

Anomia, de Eugenio Amaya
Teatro María Guerrero-Sala de la Princesa, 13 de octubre 2012

critica de la obra de teatro anomia de eugenio amaya

Anomia. Foto: mai saki

Eugenio Amaya escribe y dirige esta obra que afronta un tema bien actual: la corrupción estructural de la partitocracia española. En lugar de concederse la distancia creativa necesaria para lograr un toque más reflexivo, el autor ha optado por elaborar un fresco casi periodístico pegado a la situación inmediata. Su crónica de la lucha fratricida que se desata entre compañeros de partido por un puesto destacado en las próximas listas municipales comienza en la línea buenista de Gore Vidal en The Best Man (1960), clásico algo superado de este género político-electoral pero, afortunadamente, va decantándose progresivamente por un tono más oscuro emparentado con la excelente serie de Canal Plus Crematorio.

El texto va de menos a más. Comienza siendo demasiado ilustrativo, con unos personajes (la veterana concejala de urbanismo, el jóven concejal de cultura y el secretario de asuntos internos del partido) que, más que hablarse entre ellos como se hablarían unos políticos degradados en la cruda intimidad de ese sótano de ayuntamiento donde transcurre la acción, se dirigen a nosotros aportándonos pulcros datos sobre el tema tratado. Luego los tres personajes adquieren mayor textura y sus diálogos suenan menos subrayados; y aparecen el alcalde y el emotivo marido de la concejala, mejor escritos ya desde el comienzo.

En un montaje muy neutro respecto a la decoración, la iluminación y el vestuario, resultan muy solventes los intérpretes de la compañía extremeña Arán Dramática; destaca la labor de Elías González para manifestar la evolución de su personaje y la refrescante naturalidad de ese alcalde a cargo de Quino Díez. Una lástima la excesiva composición por parte de María Luisa Borruel para dibujar el tono populachero de la protagonista.

La trama, aunque bien desarrollada y concluida -especialmente acertada la silenciosa resolución de la ultima escena- resulta a menudo esperable y, junto a momentos y frases ocurrentes, tira demasiado de lugares comunes. Cierto es que, en materia de corrupción política, todo nos suena a sabido y ya es difícil sorprendernos pero se podrían evitar tópicos narrativos como el del chantaje con fotos subidas de tono, recurso tan usado que ya suena a telefilm de siesta en Antena 3.

El problema de la ficción política en España no radica solamente en quedar superada por la realidad en lo argumental sino también en lo icónico. ¿Cómo igualar la potencia berlanguiana de esas confidencias vaticanas de encaje negro entre María Dolores y Soraya, quién sabe si despachando asuntos de partido a la sombra de La Pietá? A los asépticos protagonistas de Anomia les falta esa cutrez de platito de jamón rancio definitoria de nuestra clase política. Les falta españolizarlos, que diría el ministro Wert.

Ayudaría quizás a ello una menor abstracción de la historia (una ciudad cualquiera, una autonomía cualquiera, un partido cualquiera…) y la reducción del tiempo empleado en desplegar ante nosotros todo el abanico de corrupciones posibles en favor de un desarrollo mayor de las tramas personales y familiares. En todo caso, Anomia es un intento de teatro político contemporáneo cuyo estreno hay que aplaudir. Siempre es saludable que en el sótano de un teatro público -la sala de La Princesa del María Guerrero- se escuche esta historia de corrompidos sótanos políticos, pese a que la obra no llegue a cuajar del todo.

Los conserjes de San Felipe, de José Luis Alonso de Santos
Teatro Español, 14 de octubre 2012

critica de la obra de teatro los conserjes de san felipe de jose luis alonso de santos

Los conserjes de San Felipe. Foto: David Ruano

José Luis Alonso de Santos refleja con simpatía en su nueva comedia cómo vive el pueblo llano los acontecimientos históricos. En este caso, la promulgación en Cádiz, hace doscientos años, de la primera constitución española. La variada trama, seria a ratos pero generalmente festiva, pensada por el veterano autor -que tiene el detalle de reservarse la pedagogía patriótica para la última escena-  ha servido como base de pruebas para la primera entrega del programa La vía del actor del Laboratorio Rivas Cherif, iniciativa del CDN por la cual un director, Hernán Gené, se ha puesto al servicio de doce intérpretes para, durante tres meses, llevar a cabo un ensayo creativo de la obra abierto a la libre aportación de recursos por parte de cada participante.

Pese a la tarea se supone que moderadora y unificadora de Gené, el montaje presentado en el Teatro Español no oculta el tono algo disperso de muestra final de taller con su amalgama de elementos expresivos; unos más acertados (la coreografía de las balas, el uso de títeres de pequeño y gran formato para representar a las figuras de poder) y otros, no tanto. Junto a las vicisitudes de una serie de personajes humildes de aquella Cádiz constitucional, transmite el montaje una crítica amable a la ineptitud de nuestros diputados de entonces -y de ahora, se ve, dados los aplausos con que el patio de butacas celebraba cada nueva chanza al respecto.

La mayor virtud del espectáculo es la facilidad con la que deja traslucir la experiencia tan placentera (y esforzada) que ha supuesto para este grupo de doce jóvenes su participación en él. Sin destacar nombres concretos, puesto que ellos mismos optan por la presentación colectiva en el programa de mano, hay intervenciones muy interesantes en el conjunto. Y una alegría que se va contagiando a los espectadores, provocada por unos actores que disfrutan de verdad sobre el escenario.

La ratonera

De ratones y hombres, de John Steinbeck
Teatro Español, 26 de mayo 2012

critica de la obra de teatro de ratones y hombres

Fernando Cayo y Roberto Álamo. Foto: David Ruano

De Ratones y Hombres, de John Steinbeck, que durante mes y medio se ha presentado en el Teatro Español de Madrid con dirección de Miguel del Arco y producción de Concha Busto y ahora prosigue su gira nacional, es de esas obras que hay que ver; incluso más de una vez. Y no por ser el retrato de la gran depresión americana del 29 ni de nuestra actual crisis económica sino porque nos coloca en la encrucijada donde se decide eso misterioso que hace que la vida humana lo sea verdaderamente.

El protagonista de la historia es George, un ‘olvidado’ más que vaga por el campo californiano, de trabajo miserable en trabajo miserable, acompañado por Lennie, un problemático grandullón con mente de niño, al que le ata una ambivalente relación protectora. George es un hombre sencillo en el que late un fuerte deseo: la esperanza de otra vida posible.

De entre todas las víctimas del sistema deshumanizador en que transcurre la obra, probablemente sea el único que se niega a interiorizar las reglas perversas a las que es sometido. Steinbeck escribe la crónica de tres días esenciales de la vida de George que transcurren en una granja a la que acaba de llegar; nos hace testigos de un recorrido que desemboca en inevitable elección: seguir luchando por vivir como un hombre o conformarse con sobrevivir como un animal.

Tuve la suerte de ver esta obra el año pasado en un montaje del Seattle Repertory Theatre, compañía que equivaldría en la costa oeste al afamado Steppenwolf de Chicago. Allí pusieron una obra simbólica y didáctica, plenamente americana; representada con esa cierta solemnidad que corresponde a un texto que todo estadounidense lee y analiza minuciosamente en el instituto.

Desde el inicio de éste montaje de Miguel del Arco nos sentimos relajados porque el director se libera, y nos libera, de la carga que supondría poner en pie la gran obra americana sobre el sueño americano, y se centra en contarnos la historia desde el interior, destilando su esencia más universal.

En sintonía con esta elección, los exteriores ocres y rojizos de aquel montaje americano son sustituidos aquí por un paisaje azuloscurocasinegro. Los protagonistas ya no son aquellos ratones con el nido destrozado del verso que da título a la novela de Steinbeck sino otros parecidos, atrapados en una vida-trampa de difícil escapatoria.

Dentro de ese mundo terrible donde reinan la violencia y la evasión, cada uno hace lo que puede: desde los que imitan a quienes les someten, sometiendo a otros más débiles, hasta los que intentan cuidarse los unos a los otros; esta humanidad básica es la que le brota abundantemente a George. En el final complejo y duro de la obra prefiero, como espectador, ver unas notas de optimismo: en una situación límite, George elige lo que es mejor para Lennie y para él. Conseguirá, tal vez, la ansiada huida de la ratonera.

Como es habitual, la mayor virtud de Miguel del Arco reside en la elección y dirección de actores: Fernando Cayo nos ofrece con este George su mejor interpretación desde el memorable montaje de El Curioso Impertinente que llevó a cabo Natalia Menéndez en 2007. Carga generosamente con el peso de la obra y acierta en cada matiz a la hora de mostrarnos todo el proceso interior que requiere la evolución dramática de su personaje.

La escucha sentiente, profunda, que Cayo nos regala durante toda la escena del perro de Candy -tan importante para su decisión posterior- convierte este pasaje en el más brillante de la función. Por no hablar de la empatía tan auténtica que, de principio a fin de la historia, le une al personaje de Lennie, encarnado con similar acierto por Roberto Álamo.

Como hacía con Urtain, Álamo se mete de nuevo en la piel de un ser especial y, sin importarle que su personaje sea más catalizador que verdaderamente protagonista, nos lo presenta con gran verdad, enamorando al público y enriqueciendo así el sentido de la obra. Me convence la apuesta de director y actor por un Lennie más aniñado que de costumbre, superando así, de paso, el peligro de que el evidente sex appeal de Álamo dotara de algunas connotaciones inesperadas sus escenas con la esposa de Curley.

El resto de actores, todos protagonistas, se conjunta a la perfección para dar vida a los demás personajes: el maternal Candy a cargo de un emocionante Antonio Canal, el seco patrón del veterano Rafael Martín, el despreciable y ridículo Curley de Diego Toucedo (en las antípodas de su reciente Celio de El Perro del Hortelano) el tranquilo Slim de Josean Bengoexea, el degradado Crooks de Emilio Buale, el duro Carlson de Eduardo Velasco, el solitario Whit de Alberto Iglesias.

Irene Escolar también retrata con solvencia a la insatisfecha mujer de Curley, sin duda el personaje más alejado del original americano. La nietísima (como algunos la llamamos cariñosamente, en homenaje a su excepcional abuelísima) recupera aquí el vuelo de Oleanna después de andar algo perdida, como el resto del reparto, en Agosto, la exitosa megaproducción de Gerardo Vera.

Pese a su riqueza de sentido, De Ratones y Hombres no es del todo redondo como texto teatral. Steinbeck escribió la novela como un intento de explorar sus capacidades para la escritura dramática, pero aquello no dejaba de ser un relato dialogado. Se suele decir que el propio Steinbeck adaptó su historia al teatro y es cierto que lo intentó pero, finalmente, tuvo que intervenir George Kaufman, reconocido factótum de Broadway, que aportó la carpinteria teatral suficiente para llegar a la noche del estreno en condiciones.

Esta versión española de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco, muy respetuosa con la original de Broadway, consigue, sin embargo, ajustar algunas tuercas mediante pequeñas aportaciones que resuelven problemas en lugar de crear otros nuevos, como a veces ocurre con algunas adaptaciones. En particular, me gustan mucho los reconfortantes golpes de humor que, además, le hubieran encantado a Kaufman, que fue guionista -el predilecto- de Groucho Marx.

La tan dinámica (e incluso coreográfica) escenografía, con ese toque industrial que me recuerda a la ambientación de Sweeney Todd; el uso de las proyecciones para expresar atmósferas y acentuar la rapidez cronológica del encuentro con la fatalidad (no así para ilustrar los sueños de los protagonistas); el vestuario realista y la ambientación sonora y musical, especialmente en la mencionada escena del perro de Candy, me parecen recursos empleados muy acertadamente. La obra es, en general, sencilla respecto a su puesta en escena, y es de agradecer que del Arco la haya mantenido así, sin caer en innecesarias complicaciones de corte más snob.

Me he guardado para la última frase un elogio al trabajo de Juanjo Llorens que, tranquilamente, se está convirtiendo en el mejor iluminador de nuestra escena.